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LA ÉPOCA EN LA QUE ANDRÉS DE OCAMPO “HIZO SU CRISTO EN SEVILLA”

Andrés de Ocampo nace en Villacarrillo, provincia de Jaén en el año 1555. Muy pronto, con doce años se traslada a Sevilla para ingresar en el taller de Jerónimo Hernández con quien años más tarde le unirían lazos familiares. No obstante, no es hasta el año de 1575 la primera fecha constatada documentalmente de su presencia en Sevilla, cuando realizó el examen del gremio, requisito indispensable para actuar como maestro escultor, entallador y arquitecto. A partir de este momento comienza una fecunda vida profesional tanto en Sevilla, ciudad que ya nunca abandonaría, como en Córdoba y Granada.

 

Andrés de Ocampo, vive intensamente el final del siglo XVI y principio del XVII. ¿Cómo su era su ambiente vital? ¿Cómo era la Sevilla del último tramo del XVI y primer cuarto del siglo XVII? ¿Qué tiempo y qué ciudad le correspondió vivir a Ocampos? ¿En qué Sevilla vivió? ¿qué influencia pudieron ejercer en su obra las vidas que observó y las experiencias que vivió? 

 

Ocampos es un joven artista que llega a la ciudad para satisfacer su necesidad de aprendizaje con el maestro Jerónimo Hernández. Pasada la época de aprendizaje se emancipa y atiende la demanda de las instituciones que lo reclaman. 

 

Para el profesor de historia de la Universidad de Sevilla y gran conocedor de la época, Don Francisco Núñez Roldán, “el escultor de Villacarrillo llegó en torno a 1567 a una ciudad que todavía parecía rica, grande y cosmopolita, aunque las apariencias ganaran por poco tiempo a la verdad”.

 

A la vista de un joven artista como Andrés de Ocampo que procedía de Villacarrillo (Jaén), la imagen que de lejos se le ofrecía de Sevilla coincidiría con la leyenda: hundida en una hermosa, fértil y extensa llanura que atraviesa un gran río, el Guadalquivir, las murallas la guardaban del exterior, y por encima de ellas se divisaban las espadañas y los campanarios de sus iglesias y conventos y, entre todas, la torre de su catedral, la torre de Santa María, el alminar almohade que anunciaba al viajero el fin de su periplo. 

 

Nuñez Roldán enmarca en la historia la presencia de Ocampos en Sevilla. Las grandes y hermosas campanas de la Torre repicaban a fiesta por el feliz regreso de los galeones. Tocaban las campanas a oración a la caída de la tarde, anunciaban nacimientos de príncipes y victorias militares, elecciones papales; llamaban las campanas de la Torre a la plegaria contra la peste y al socorro contra el fuego, y si los corsarios amenazaban las costas cercanas tocaban alarma. Repicaron las campanas de la Torre el domingo 22 de octubre de 1617 a las diez de la noche cuando vino a la ciudad el emisario que traía el Breve favorable al dogma de la Inmaculada Concepción, que el papa Paulo V había dado en agosto. Ocampos vivió en Sevilla hasta su muerte en 1623. Durante estos años tuvieron lugar en Sevilla muchos acontecimientos de los cuales debió ser testigo de vista o de oído porque un artista como él no podía ser ajeno a lo que sucedía en la ciudad.

 

Huracanes y tormentas en 1608, nevadas de más de un palmo los días 3 y 4 de enero de 1622; Oiría al pregonero que cantó en enero de 1610 el decreto de expulsión de los moriscos. No faltarían entre las noticias que le llegaban a través de sus oficiales los crímenes alevosos que cada día solían suceder en la ciudad y la justicia inmisericorde que se les aplicaba por unos jueces cuya fama de corrupción denunciara Mateo Alemán pocos años antes en el Guzmán. 

 

Recibió la Ciudad visitas reales y diplomáticas que Sevilla celebraba siempre con fiestas y alborozos: en octubre de 1614 entró en Sevilla por la puerta de Triana con todos los honores el embajador japonés que venía acompañado por un séquito exótico. Fue recibido por el Asistente y la corporación municipal que lo condujeron hasta el Alcázar donde se hospedó. El japonés no dejó de conocer la ciudad y de subir a la Torre, un itinerario ritual, tal vez como una premonición y un precedente remoto del turista nipón del siglo XXI que hoy pasea extasiado por las calles de nuestra ciudad. 

 

No resulta difícil imaginar al escultor entre el gentío, pues un artista de cuyo genio salieron imágenes para ser procesionadas en los cortejos penitenciales barrocos como la Semana Santa, no despreciaría nunca la experiencia de la vista de un espectáculo fastuoso de escenificación y manifestación solemne del poder.

 

Además en todo este ambiente Núñez Roldan insiste en el impacto de otro tipo de procesiones también común en la Sevilla de la época, “estoy convencido, sin embargo, de que mayor y más intensa emoción tuvo que experimentar Andrés de Ocampos ante otro tipo de cortejos y procesiones, especialmente ante el espectáculo público de la muerte. Porque no hay cortejo que produzca mayor impacto emocional y didáctico en las masas y en los individuos que las componen que el cortejo público de la muerte. 

A pesar de lo macabro que hoy nos puedan resultar, las ejecuciones sumarísimas en la Sevilla de la época precedidas por el desfile de los condenados a pena de muerte, contaban siempre con el respaldo de la expectación popular.”

 

Sin embargo, un rosario así de anécdotas no nos diría apenas nada de esta Sevilla. Más allá de las anécdotas corría la historia profunda. La realidad que compartió con tantos sevillanos de su época no tenía nada que ver con la leyenda que adornaba retóricamente a la ciudad desde hacía un siglo “Quien no ha visto Sevilla…” 

 

“Los hechos económicos también produjeron huellas en todos los órdenes de la vida. En poco más de un siglo (XVI) Sevilla sufre una transformación radical: primer mercado dinerario de España, se embellece, se engrandece tanto en lo material como en lo intelectual y artístico. Pero desde que se inicia el siglo XVII, la ciudad ha dejado de ser lo que era.”

 

Señales de los malos tiempos

 

Francisco Núñez Roldan enumera varias señales clave, “en primer lugar, la crisis de la población. El exclusivo papel asignado a Sevilla en la carrera de las Indias y sus consecuencias económicas explican el crecimiento demográfico de la ciudad durante el siglo XVI, de la misma manera que su pérdida de influencia en el siglo XVII ayuda a entender su ocaso a favor de Cádiz. Al finalizar el siglo XV Sevilla tenía unos 15.000 habitantes. Pero desde comienzos del siglo XVI Sevilla recibió tanta población forastera que la convirtió al finalizar el siglo en la tercera o cuarta capital del continente después de París, Londres y Nápoles. Pasó de 15.000 habitantes antes del descubrimiento americano a 45.000 habitantes que tenía en la década de los años treinta y de estos 45.000 a los 129.000 de los años noventa, un incremento del 200%. Estas cifras son meras estimaciones pues ni siquiera los observadores de la época sabían cuánta vecindad tenía Sevilla, alegando como causa principal la cuantiosa población flotante y las dificultades que planteaba entonces hacer un censo fiable. Sin embargo, la ciudad no solo había tocado techo (el proceso expansivo se detuvo según Álvarez Santaló hacia 1580) sino que acusaba ya un evidente aunque ligero retroceso. La peste bubónica que se extendió fatídicamente entre 1599 y 1602 durante la cual murieron más de 12.000 sevillanos marca ese giro dramático que culminará con un broche de horror en 1649 cuando la ciudad pierde 60.000 personas.”

 

La segunda señal es la crisis profunda de la economía local y nacional cuyo inicio habría que fijarlo hacia los años 70 del siglo XVI y que son bien visibles en los inicios del XVII.

 

“Las riquezas indianas transformaron la fisonomía urbana de la ciudad, el número y la procedencia de sus habitantes, y también los valores morales de la sociedad. Y la convirtieron en palabras de fray Tomás de Mercado en “la más rica sin exageración que hay en todo el orbe”. Las economías de la metrópoli y de las colonias americanas fueron complementarias, al menos, hasta la década de 1570. Sevilla y su tierra abastecían por sí solas a las colonias de los productos agrícolas que necesitaban, fundamentalmente trigo, vino y aceite, al mismo tiempo que la demanda indiana de productos manufacturados servía de estímulo a la producción de ciertas industrias, tanto de la ciudad como del resto de Castilla y del extranjero. 

 

Sin embargo, se estima que a partir de aquella década, la de 1570, la situación de complementariedad se quebró como consecuencia del fin de la conquista y del comienzo de la colonización: los artículos de primera necesidad comenzaron a producirse en Indias en cantidades suficientes y los manufacturados europeos sustituyeron en calidad a los castellanos. El surgimiento de una economía americana autóctona estuvo en el origen del declive hispalense. Pero también la competencia de Cádiz, al acecho desde muy temprana fecha.”

 

Sin embargo, no toda la responsabilidad de la crisis hay que atribuirla a la autonomía del mercado indiano. Son muy significativas al respecto tanto las quiebras de banqueros y de las compañías de compradores de plata en Sevilla, como las penurias de la Hacienda real castellana que acabaron tanto por incrementar la presión fiscal hasta extremos asfixiantes como por llevar a cabo una política monetaria caótica.

 

“La quiebra de los bancos sevillanos que no pasaron de media docena antes de las quiebras ocurridas. Eran pocos y, además, tuvieron una vida efímera porque todo era efímero seguramente en aquella Sevilla. La quiebra de los compradores de plata fue simultánea a la de la banca y constituye una prueba concluyente de la crisis económica por la que atravesaba la ciudad”

 

Pero no solo en el colapso del comercio indiano y la capacidad de autoabastecimiento colonial hay que buscar la explicación de las quiebras. También la desastrosa política fiscal y monetaria de Felipe III y de Felipe IV. Así pues, la economía global cuyo primer banco de pruebas fue Sevilla arrastró con ella a la economía local sevillana.

 

La crisis se cebó sobre los débiles. Y entre los débiles los pobres y los niños a quienes socorrían habitualmente las instituciones de piedad y de caridad que tampoco fueron ajenas a la quiebra. 

 

La crisis fue también social. La abigarrada Sevilla del siglo XVI fascinó a muchos escritores por su opulencia, pero pronta fue su fama de ociosidad y picardía. Los niños mendigaban buscando las sobras del día comida, pan, y compasión a las puertas de las iglesias o de las casas ricas, de los mercados, de las tabernas. Cuando eran autónomos se iniciaban como delincuentes guiados por adultos pícaros como Monipodio.  

 

“Ocampos fue testigo de la quiebra social, de la fragilidad de los valores morales de aquella sociedad. Forzosamente hubo de asombrarse también, en este sentido, de las peleas cotidianas, de la violencia sexual ejercida sobre los más débiles, de los robos con muertes gratuitas, de los asesinatos alevosos, de los alborotos sin motivo, de los ambientes rufianescos propios de una sociedad educada en el arte de la guerra y la dialéctica del más fuerte.

 

¿Quién no disponía de una espada o de un puñal en aquella ciudad de rencillas y de guerra, de gente ociosa y pendenciera? Unos lo achacaban al carácter de sus naturales altivos y orgullosos, tan dados a las contiendas verbales; otros a los emigrantes, gente ociosa que se juntaba al concurso de las riquezas y había quienes apuntaban la causa al cálido clima del sur. Nosotros la atribuiremos al exagerado individualismo renacentista” 

 

Era también Sevilla, como contraste, una ciudad de conventos e iglesias, de torres y campanarios, y de procesiones. Toda la rica gama de edificios religiosos construidos en el siglo dorado la hizo posible el dinero americano, a pesar del amargo lamento de Santa Teresa, escandalizada por aquella “Babel del Engaño” que se escondía bajo el esplendor de la sociedad mercantil. 

 

“El dinero permitió la profusión de la creación artística que satisfacía las devociones privadas; y financió los actos litúrgicos públicos para adoctrinar y conducir a las masas. Las procesiones fueron, de ese modo, la prueba externa de la fe de la sociedad hispalense, y la diversión del pueblo por su colorido, su pompa, su música y su teatralidad. En pocos años, entre 1615 y 1622, se tallan en Sevilla gran cantidad de imágenes de gran valor artístico y devocional como Pasión, Calvario, Conversión, Gran Poder o el Cristo de la Fundación. Entre tanto negocio y tanto afán mundano era necesario representar las excelencias de la fe católica y de la única verdad posible, la de la esperanza de la recompensa eterna por la práctica de las virtudes cristianas. Y no existía mejor escenario para ello que Sevilla, capital de dos mundos.

 

Comenzó de ese modo a forjarse la imagen de una ciudad a quien la vanidad le impidió aceptar la verdad ¿Y cuál era la verdad? Las arcas están vacías. Las del rey y las de la ciudad. Parece todo un símbolo surrealista de esa realidad que el rey, Felipe IV, se llegara a la ciudad como un mendigo so pretexto de una barroca cacería en Doñana, implorando ayuda para solucionar momentáneamente el deplorable estado de la Hacienda real. Las fiestas que la ciudad celebró entonces en su honor constituyeron el velo que ocultaba las debilidades de unos y otros. Solo el Conde-Duque de Olivares, don Gaspar de Guzmán, invocando un crudo realismo, llamaría la atención de los espíritus encantados del rey y de los sevillanos cuando denunció por escrito “el miserable estado en que se halla Sevilla, que por ventura no lo ha tenido peor en justicia”.

 

La verdad era que la ciudad estaba en la fase de agonía. Al poco murió Andrés de Ocampo, el 10 de enero de 1623 en la collación de San Vicente donde residía y en cuya parroquia reposan sus restos bajo el retablo del Descendimiento, una de sus obras maestras.

 

Como imaginero, su estilo se mantiene dentro de los cánones de la época del tardomanierismo imperante en la escuela sevillana del cambio de siglo. Realizó varias imágenes de Cristo crucificado, sujeto al madero por tres claves, por lo general muerto, y con un cuidado tratamiento anatómico. 

El Cristo de la Fundación será una sus ultimas obras ya que la talló en 1622 pocos meses antes de fallecer. Es réplica de otra que él mismo talló dos años antes por encargo del rey Felipe IV para la catedral de Comayagua en Honduras. En el interior de la talla, dejó un documento dando lugar a ciertas suposiciones entre los historiadores que señalan que, tal vez, también pensaba enviarlo a América. El texto decía: «Este Cristo se hizo en Sevilla, año de mil y seizientos y veinte y dos. Hízolo Andrés de Ocampo, maestro escultor». La policromó el pintor luxemburgués Pablo Legot, quien lo vendería a la cofradía de Nuestra Señora de los Ángeles por la cantidad de 1.400 reales de vellón.

Durante el mandato del Arzobispo Luis Fernández de Córdoba Portocarrero (1624-1625) cambia el rumbo de la cofradía y comienza a ser aceptada por las autoridades que antes habían procurado su desaparición. Uno de los objetivos principales es la reanudación de la estación de penitencia y con ello llega en 1635 la imagen de este crucificado que aún hoy cuatrocientos años después se venera en su capilla extramuros de la calle Recadero.

 

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