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Enrique Esquivias de la Cruz

A cualquier cofrade que le hubieran dicho el Domingo de Resurrección de 2019, que le quedaba una “travesía del desierto” de tres años por culpa de una pandemia sanitaria, habría pensado que su interlocutor tenía un problema mental o, simplemente, le estaba gastando una broma pesada. Una vez más hemos comprobado que la vida real supera a la mas fogosa de las imaginaciones y por añadidura, que la capacidad que tenemos para adaptarnos a los problemas y las nuevas situaciones es casi ilimitada.

 

Cuando las hermandades vieron cortada de raíz la posibilidad de hacer las estaciones de penitencia – no lo olvidemos, su principal razón de ser histórica y fundacional - tres semanas antes del Domingo de Ramos de 2020 y muchos desde fuera auguraban unos lamentos pseudo histéricos con la consiguiente “pérdida de papeles”, se encontraron con unas corporaciones, y sus dirigentes al frente, asumiendo con la mayor naturalidad posible la nueva situación. No hubo tiempo para lamentos ante lo que se venía encima - me refiero a nivel cofrade exclusivamente - y la preocupación se centró fundamentalmente, en “salvar” los cultos que fueran posibles y sobre todo, mantener las vías de comunicación con los hermanos y devotos, que en esos momentos se antojaban mas necesarias que nunca. Después vendrían los movimientos para combatir la crisis económica que era previsible y la adaptación, poco a poco, a una situación que empezaba a enquistarse con el paso del tiempo, hasta llevarse por delante otra Semana Santa mas. Creo que en estos dos años, las hermandades de Sevilla han dado un ejemplo de resistencia y madurez ante la adversidad que solo se consigue con la hoja de servicios llena de calamidades y situaciones límites, que dan los siglos de historia.  

 

Durante este tiempo de pandemia nuestras corporaciones han demostrado que son mucho mas que una cofradía en la calle, pero no nos engañemos, las labores asistenciales y formativas son tan valiosas como integradoras de nuestra existencia, pero totalmente insuficientes para justificarla por sí mismas. Ni siquiera los cultos internos serían suficientes. Necesitamos el culto público externo porque es la principal razón de ser y la causa principal de nuestra existencia. Catequetizar y llamar a la devoción,  a la piedad y a la conversión a través de unas imágenes sagradas. Esa es la esencia de las cofradías de penitencia, por mucho que queramos hacer hincapié en sus labores sociales, antropológicas, culturales y todo lo que vds. quieran añadir. Por eso, aun admitiendo que hemos pasado por esta crisis con una nota alta, es tan importante que recuperemos la “normalidad” de nuestras estaciones de penitencia.

 

En los tiempos actuales, esa presencia en la calle se hace, si cabe, mas necesaria que nunca. Ante la absoluta secularización de la Sociedad que estamos viviendo, hasta sus fundamentos mas profundos, con una clara negación de todo lo religioso y de cualquier prisma trascendente de la vida, la Piedad Popular expresada públicamente ha demostrado ser un magnífico freno a la desacralización que sufrimos. Pero evidentemente tienen que ser manifestaciones de religiosidad auténticas, que inviten de una forma evangélica a la Piedad y la Conversión, a través de esos maravillosos vehículos que son nuestras imágenes Sagradas, cumpliendo con ello, su finalidad fundamental, la de acercarnos a la presencia de Dios, presente en el Misterio Eucarístico.

 

Lamentablemente, durante las últimas décadas estamos viviendo una transformación de nuestras hermandades que las alejan de lo que deben ser sus fines, precisamente por esa secularización de la Sociedad a la que antes me refería, que alcanza también a nuestras propias corporaciones, sin duda por tratarse de sujetos vivos y totalmente incardinados en el mundo en el que habitan. De nada sirve sacar una cofradía a la calle, si lo hacemos como un mero espectáculo; ni siquiera una labor asistencial que no se haga con un verdadero sentimiento de Caridad Cristiana – derramar el Amor que recibimos de Dios en nuestros semejantes – tiene valor, pues corremos el riesgo de convertirnos en simples ONGs.

 

Estamos ante el año mas esperado en mucho tiempo. Se presume, si la tendencia no cambia y las circunstancias sanitarias lo permiten, una preocupante eclosión de público y nazarenos, con el consiguiente agravamiento de los problemas logísticos que ya veníamos arrastrando. Paralelamente a todo esto, será interesante saber si las hermandades han aprovechado estos dos años “en blanco” para tener una mirada interior, tan necesaria como saludable, que les permita separar lo auténtico de lo accesorio y dar a cada cual la importancia que tiene, de forma que puedan seguir sirviendo a su fin principal de la Conversión y la llamada a la Piedad a través de sus Sagradas Imágenes, o se quedan instaladas en la frontera de unos meros espectáculos festivos. Hasta que llegue ese momento, mis mas sinceras felicitaciones a todos aquellos, entre los que me incluyo, que saben que Ilusión se llama al amanecer de un Domingo de Ramos y cuentan los años por Semanas Santas vividas.

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