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HERMANDADES Y COFRADÍAS EN “TIEMPOS LÍQUIDOS”

Ignacio Flores Prada

La “modernidad líquida” es la metáfora con la que el filósofo y sociólogo Zigmut Bauman ha tratado de sintetizar los profundos cambios y transformaciones en la sociedad y en el individuo que ha traído consigo el nuevo siglo XXI. La era sólida, el tiempo de los principios compartidos y los valores de referencia comunes, la época de una utopía basada en una sociedad justa, libre, igualitaria y solidaria, parece que toca a su fin. Los valores sólidos, aquellos que heredamos del humanismo cristiano y sobre los que hemos tratado de construir las sociedades postindustrales, se están diluyendo. Los viejos principios perviven, pero vacíos de contenido, usados con superficialidad y frivolidad. Los conceptos de verdad, esfuerzo, tolerancia, rigor, confianza, respeto, dignidad o responsabilidad, son códigos de conducta en los que podían fijarse puntos de orientación estables, pero que hoy escasean o, a lo más, quedan sus cáscaras como recuerdo de lo que un día fueron. La posverdad se ha adueñado del discurso, de manera que lo objetivo, lo fiable, queda subordinado a las opiniones, ideologías o voluntades.

El vacío que dejan los valores sólidos habría venido a ser ocupado por la llamada “modernidad líquida”. Según los estrategas de la sociología actual, lo característico de nuestra época es que los valores sólidos que progresivamente desaparecen no son sustituidos por nuevos valores sino, precisamente, por la ausencia de valores o referencias. El individuo en sí, sus intereses, apetencias y objetivos inmediatos, conforman ahora el cuadro de valores, cambiantes ¾líquidos¾ según modas, corrientes y preferencias. La modernidad líquida supone, en suma, vivir velozmente en un camino sin objetivos claros, sin referentes ideológicos ni de comportamiento, en el que el consumo es la principal pauta de conducta y en el que el relativismo y la incertidumbre se imponen a la falta de rumbo. Todo ello tiene una influencia directa sobre nuestra manera de relacionarnos con los demás, con el saber, con el trabajo y la familia. En el campo de la educación, por ejemplo, la modernidad líquida ha abandonado la noción de conocimiento de la verdad útil, para toda la vida, de la formación sólida y permanente, y parece haberla ha sustituido por la del conocimiento de “usar y tirar”, válido mientras no se diga lo contrario, y de utilidad pasajera. 

Y todo esto ¿qué tiene que ver con las Hermandades y Cofradías”. Pues quizá más de lo que pudiera pensarse. Aunque Andalucía, y Sevilla en particular, sean una afortunada excepción en vigor espiritual, parece que el mundo en el que vivimos los católicos está cambiando mucho y muy rápido, y no precisamente hacia una dirección favorable a lo religioso. En este sentido, es difícil no ver en el progresivo relativismo moral y en la creciente secularización, una de las proyecciones de la modernidad líquida en la que estamos instalados, y que hace contemplar la fe ¾señaladamente la católica¾ y sus manifestaciones con indiferencia, cuando no con abierta hostilidad.

El Papa Benedicto XVI describe con precisión y claridad el fenómeno del relativismo al señalar que a quien tiene una fe clara, según el Credo de la Iglesia, a menudo se le aplica la etiqueta de fundamentalismo. Mientras que el relativismo, es decir, dejarse llevar a la deriva por cualquier viento de doctrina, parece ser la única actitud adecuada en los tiempos actuales. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos. 

En esta nueva sociedad, que pretende hacer desaparecer a Dios de toda manifestación pública y encerrarlo, en el mejor de los casos, en el ámbito privado, es en la que las Hermandades y Cofradías tienen que vivir, y a la que tienen que (re)conquistar. Si siempre, o casi siempre, navegaron con el viento a favor de un catolicismo oficial y mayoritario, quizá hay que empezar a acostumbrarse a avanzar con el viento en contra. Es posible que, en los tiempos que nos esperan, los cofrades no nos podamos conformar con compartir, sino que debamos esforzarnos aún más para convencer.

Nuestro Arzobispo emérito ha repetido en más de una ocasión que “la evangelización es hoy la primera urgencia pastoral de la Iglesia. En un mundo como el nuestro, que ha perdido la experiencia de Dios y en el que Dios ha desaparecido del horizonte de la vida diaria para tantos contemporáneos nuestros, los cristianos no tenemos mucho tiempo que perder”.

Tienen las Hermandades y Cofradías los mejores instrumentos para afrontar esta tarea evangelizadora. Desde hace siglos, los cofrades hemos encontrado y transmitido un lenguaje atrayente para hablar con Jesús y con María. Estos tiempos líquidos en los que nos ha tocado vivir piden, en palabras del Papa Francisco una Iglesia en salida; unas Hermandades y Cofradías sólidas y en misión, en las que no solo recibamos hermanos, sino que los busquemos, especialmente entre la pobreza y el sufrimiento, y a los que seamos capaces de convencer con nuestro comportamiento de que Cristo es el camino, la verdad y la vida.

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