“Se ha perdido la intimidad de la Semana Santa”.

MANUEL CHACÓN-MANRIQUE DE LARA Y CASTILLA

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Foto: Juan Carlos Gallardo

Es tiempo de Cuaresma y en casa de Rogelio Gómez (ya no hace falta decir ‘el de Trifón’…) se respira azul Baratillo por todos los rincones. Llegamos a él con el respeto y la admiración que se le tiene a una persona de su valía y, a la vez, con el cariño y la confianza que da una amistad de cincuenta años forjada a la sombra de la espadaña blanca que preside el barrio del Arenal.

¿Tu primer recuerdo de Semana Santa?

De niño, en el Baratillo siempre. Ya de muchacho, el recuerdo de la Hermandad de la Paz por ser la primera que veíamos toda la familia en el parque. Es la ilusión del Domingo de Ramos y el “cerrojazo” de abrir la Semana Santa. El desborde de ilusión de chaval se abría en Semana Santa con la Paz. Yo venía mucho por el Porvenir en la bicicleta de reparto de mi padre y estaba muy vinculado a esta zona.

¿Cómo empezó tu vinculación con la Hermandad del Baratillo?

Con el Baratillo he estado vinculado desde siempre, aunque aparezco en el censo en 1953. Ya desde que mi padre tenía la tienda en Santa Marina tengo fotos de nazareno. Me presentaron como hermano los hermanos Manolo y Florencio Quintero.

¿Quiénes fueron tus referentes en el mundo de las hermandades?

Mis referentes siempre fueron gente “baratillera”, Pepe Ruiz del Castillo, Pepe Sevillano Palacios, Ignacio Pérez Marroco y Miguel Puch García de Longoria. Todos fueron maestros de priostes que, para mí, es lo más bonito en la vida de la hermandad. Como hermano mayor, me dejó un recuerdo imborrable Otto Moeckel Von Friess y otro, más reciente, Ignacio Arce Ríos. Recuerdo también, cómo no, a Pepe Castañón Falcés, Manuel Pastor de Castro Barrera, Vicente Ribelles Linares y Amparo Castilla Candón, que ha sido maestra de camareras durante cuarenta años.

Con Pepe Sevillano e Ignacio Pérez formaste un “triunvirato” memorable en la priostía del Baratillo. ¿Cómo fueron aquellos años de trabajo?
A Pepe lo llamaba maestro y a Ignacio, jefe. Eran tiempos muy duros. El paso completo, incluida parihuela, se montaba el domingo del pregón y se bajaba todo desde la azotea de la capilla por unas claraboyas abiertas en las distintas plantas. El montaje era un milagro por los reducidos espacios que teníamos. Después de misa de 11 se despejaba la capilla y, al mediodía, ya estaba montado el paso. Después de almorzar, se vestía la Virgen de la Caridad y, por la tarde, se fundía. Paco Vega traía una bandeja de torrijas de Los Ángeles y, a la noche, íbamos al Juncal por las velas rizadas. A las dos de la mañana ya estaba todo montado a la espera de las flores. Mucho alambre y mucha ilusión. Todo muy difícil, pero mucho más bonito.

¿Tu mejor y tu peor experiencia en el mundo de las cofradías?

La mejor, el Vía Crucis de la Piedad y del Cristo de la Misericordia en 1985 y el día en que me nombraron Fiscal del paso de la Piedad. Hasta entonces había salido de Prioste y fue Vicente Ribelles quien me nombró Fiscal de Paso. Con Joaquín Moeckel de Hermano Mayor fui también Fiscal del Paso de Palio. Tuve que cambiarme el color de la botonadura y del cíngulo de rojo a blanco y fue Amparo Castilla quien me los regaló. Esa situación, que a su vez fue una promesa, duró tres años. Eso ha sido el culmen de mi vida en el Baratillo. Nunca he aspirado a nada, pero esos momentos han cumplido mi sueño.

¿Qué echas de menos de la Semana Santa de antes?

La intimidad. La familiaridad que había. Sigue habiendo familiaridad a la hora de vestirse de nazareno. Es un rito, una protestación de fe. Para mí, es un ejercicio espiritual -se emociona…-, se recuerda al que falta, al que ya no está. La túnica planchada colgada de la lámpara. Eso es la Semana Santa. Eso es cofradía. El padrenuestro y la salve antes de salir de casa vestido de nazareno. El examen de conciencia cuando te estás vistiendo. Esos son los pocos momentos de intimidad que van quedando. Ya hay tramos con cien parejas. En 1965, yo iba de diputado en el último tramo de Cristo con seis parejas delante de la Piedad.

La Flor de Toranzo ha sido testigo de muchas tertulias políticas, deportivas, taurinas y cofrades. ¿Se han cocido muchos asuntos cofrades en tu establecimiento?
Pues sí. Sobre todo, cofrades y políticos; pero yo soy tabernero y eso conlleva ser algo así como un “confesor laico”. Si hubiera sido hostelero o restaurador, palabra que odio, hubiera ganado más dinero, pero no sabría cómo nombrar a Miñarro o a Álvarez Duarte.

¿Cómo se vive el Miércoles Santo en tu casa?

Voy a misa de 8 al Baratillo. Vuelvo a casa a desayunar y arreglarme, y vuelvo a la capilla hasta que se cierra a mediodía. Una taza de caldo ligera y una tortilla francesa. Después, el rito de vestirme de nazareno con mi hijo y algunos amigos que vienen a vestirse a casa. Desde que vivimos en Tomás de Ibarra, siempre hay gente de fuera en mi casa durante toda la tarde. Amigos de Santander que nos esperan hasta que llegamos por la noche, tras la estación de penitencia, para comentar cómo ha ido transcurriendo el día.

Hay una curiosa historia que a ti te compete entre la Virgen de la O y la Virgen del Carmen del Valle de Toranzo… Sí. Yo, desde niño, en verano iba a Santander con mis abuelos, y mi abuelo siempre me decía que la Virgen del Carmen era sevillana. Cuando yo la miraba, a mí me recordaba a algunas imágenes de Sevilla. Con el paso del tiempo le pregunté al abad del pueblo por una corona que tenía la Virgen. Estaba hecha trozos y pedí restaurarla en Sevilla. Cuando vino la corona a Sevilla y se limpió, pudo comprobarse que era de los talleres de Seco Velasco. En sus talleres me lo pudieron corroborar. A mí la Virgen me recordaba mucho a la Virgen de la O y, al devolver la corona restaurada, al haber sido yo tantos años prioste en el Baratillo, pedí estar presente cuando vistieran a la Virgen para colocarle la corona y ver si tenía alguna marca o reseña de la autoría. La camarera me dijo que en su hombro había una firma que ponía “Castillo Lastrucci. Sevilla, 1.938, 2o Año triunfal”. Así descubrí que la Virgen del pueblo de mi padre era sevillana y de Castillo Lastrucci. Al volver a Sevilla hablé con Adolfo Arenas, nieto de Castillo y me confirmó que Castillo la vendió a Santander por 2.500 pesetas. Esa Virgen es la fuente de fe del Valle de Toranzo.

¿Qué cambiarías de la Semana Santa?

Que hubiera menos gente. Hay multitud. De lo demás no cambiaría nada.

¿Cómo valoras los últimos acontecimientos que están pasando en la Semana Santa y las medidas de seguridad que se van a adoptar este año?

Todo está masificado. Creo que desde que se perdieron las palabras “don”, “usted” y “perdón” hemos perdido parte de nuestra educación y nuestra forma de ser. En tiempos del teniente coronel Hita, de la Policía Armada, no había nada de organización ni de medidas de seguridad, pero todo el mundo respetaba a todos. Con un teniente coronel Hita hoy no haría falta el Cecop ni ningún otro tipo de medidas.

Fuiste artífice de la recuperación de las Lágrimas de San Pedro. ¿Cómo se consiguió recuperar aquello?
Se recuperaron en 1986 y haciendo gestiones con el Cabildo Catedralicio desde 1981. Tras muchas conversaciones con D. Federico Pérez Estudillo y con D. Antonio Domínguez Valverde se recuperó una tradición que venía desde antes de la toma de Antequera por San Fernando. Ya entonces se hablaba de que allí se hacían “regocijos y luminarias” como se hacían en la Giralda de Sevilla en la víspera de San Pedro. En la época reciente se dejaron de celebrar con la muerte de D. José Sebastián y Bandarán y la desaparición del Regimiento Sagunto. Hoy, todo esto corre de mi cuenta. Hemos conseguido restaurar las Lágrimas y se han instaurado los Laudes a la Pura y Limpia del Postigo en la mañana del 8 de diciembre, tocando las coplas de Miguel del Cid a toque de corneta.

Y para terminar, una tanda de penaltis… ¿Botones rojos o blancos?

Rojos.

¿”Manquepierda” o “Mushobetis”?

Manquepierda.

¿Curro o Morante?

Curro, Curro y Curro.

¿Puente o Arco?

Hermano de Triana siendo del Arco.

¿Heliópolis o Sardinero?

Ambos. Por ese orden.

Y con esto dejamos a Rogelio Gómez Gómez. Hombre de bien donde los haya. Montañés del Arenal y Baratillero del Valle de Toranzo. Tabernero y Excelentísimo Señor. De sangre azul Baratillo y alma blanca como la capa de los nazarenos de la Paz que alimentaron la ilusión en su adolescencia. Confesor laico de cofrades y políticos. Sentimiento verdiblanco a flor de piel y lágrima fácil. Maestro continuador de priostes de Sevilla y amigo incondicional donde los haya.

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