¿Qué es la esperanza?

ANTONIO GARCÍA RODRÍGUEZ

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Foto: Juan Carlos Gallardo

Retornar a la infancia, cada día, cada mañana. Renovar los años mozos, los primeros amaneceres preñados de aquella luz única y maravillosa, velando la claridad para hacer mágico el instante, y que nos abrían los sentidos y nos liberaba de la somnolencia que amenazaba con apoderarse de nuestro ser. El asedio a los primeros minutos del alba, rastreando los viejos muros de un mercado abocado al olvido, mientras la ternura de la figura paternal sondeaba los misterios ocultos de la Anunciación –la hermosura del dolor de la Virgen del Valle–, desde donde salió, por primera vez de nazareno, con aquella misma túnica que ahora portaba su hijo.

Soñar que no ha sido un sueño y despertar a los ojos de la vida con las emociones que se manifestaban tras el muro del antifaz, un ir y venir, un trasiego impaciente, pasos que recortaban las distancias, que acortaban el camino que los separaba del gozo, de la conmoción jubilosa que se advertía ya por la estrechez de la calle Cuna, y que los vendría a convertir en los seres más dichosos de la creación, tras haber sido testigos de la aparición de la alegría de Dios, de la postergación de la tristeza, de la derrota del dolor y la muerte que se advertía en el rostro de la Virgen, camino de la Macarena.

Recuperar el miedo al paso de las horas, porque en ellas retornan aquellas sensaciones que fueron prendidas al alma por miradas, por sentidos besos, por recuerdos que son de otros y nos son legados como vivencias propias que nos pertenecen ahora, porque vienen ancladas a la misma genética, a la heredad que tan difícil nos ponen para transmitir a quienes nos miran, a quienes besamos ahora y tienen nuestra misma sangre.

Recuerdos que nutren mi sentir, que alimentan los de mi gente, de aquellos que vivían como propias mis ilusiones, que ajustaban la túnica con un cíngulo de sedas y oros, que alisaban las arrugas del terciopelo delicadamente, casi con primor, volviendo la mirada atrás, buscando confirmación del aserto, la medida de los gestos, en aquella fotografía antigua que presidía la estancia, porque esos eran los únicos lujos que la casa contenía. Retornan los momentos descoloridos, teñidos de sepia, como si el color nos hiriera en la nostalgia con aquellos instantes que regresan cada madrugada, cada mañana de Viernes Santo, atravesada por la lanza del tiempo.

¿Es dolor? No. Son las ausencias que vienen arañando el espíritu, los sentidos que aún perciben el roce de unas manos, el eco de una voz que nos anima y enseña a Quererla, a vivir en la Esperanza, a sostenernos en Ella cuando la furia del viento, que trae la desolación, azota las frágiles velas del alma, a vencer esa zozobra retrayéndonos al recuerdo de su mirada. Es la añoranza que retuerce la memoria y hace saltar las espitas que abren las cuencas de los ojos apenas, la timidez de la luna, comienza a bañar la Resolana y estalla en un sonoro clamor cuando las voces se alzan y anuncian la llegada de la Esperanza.

Vuelven las horas vencidas a formular interrogantes. El cansancio ya no es una rémora. Inmerso en las paredes del templo, que conforma mi túnica de merino y terciopelo, surgen esas preguntas que remueven mi conciencia contemplando cuánto sucede a mi alrededor.

¿Cómo se vive esta gracia? ¿Dónde se guarda, en qué cofre se atesora esta alegría, este sentir que calma la angustia, que aminora las desgracias y derrumba los quebrantos, que deroga las sentencias injustas a las que se someten tantos? ¿Qué valor tiene el tiempo cuando se espera su llegada? ¿Cómo se paga la deuda cuando se alcanza el favor? ¿Qué es, al fin y al cabo, la Esperanza? Y encuentro respuestas inmediatas porque están frente a mí, acompañándome en el discurrir por estas calles que guardan la mejor esencia de la fe popular, de la gente de la Macarena.

Lo contemplo en sus rostros. Es el ansia por deshacer la madrugada, que se licuen los sentires y se esparzan como lágrimas. Es compartir las miradas, el brillo de la ilusión que aparece en los confines del alma y se desborda, a raudales, hasta rozar la herejía cuando se le dice ¡guapa!

Es acabar sentado, en un banco de su casa, sin poder Verla, aunque sus manos retengan una estampa con su cara, mientras se pide por quien sufre en el lecho de una cama. Es buscarlo todo cuando no se tiene nada y se explora en su mirada hasta encontrar la fortuna de la paz, la gloria de saberse acompañado y protegido. Es cruzar la puerta de un bar y buscar un cuadro antiguo, rozar con los dedos los perfiles de su cara y decirle, con voz queda, que siempre se haga tu voluntad.

Es abrirse el corazón y que no salgan palabras porque se ahogan en un mar de confusión, de emociones contrapuestas. Es saludarla, Dios te salve Madre mía, y volverse de inmediato de espaldas porque se llevó a su hija sin aviso, sin indicios de llamada, y tras unos segundos de dudas, revolverse y encararla de nuevo y volver a saludarla, Dios te salve, Madre mía, cuídala y dale un beso cada día.

Es recuperar la infancia, volver a sentirse niño, revolverse en la nostalgia, recorrer las primeras calles del barrio de nuestros mayores, atravesar la muralla a través del viejo arco y habitar en la certeza de que allí, muy cerca de donde hubo huertas, en la Macarena, Dios dejó su Gracia, un lugar donde rezar, donde elevar una plegaria con las cuentas de un rosario, donde buscar la razón para vivir y acertar a descubrir el porqué de la Esperanza.

Foto: Manuel Agüera

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