Nazareno de Santa Cruz

MIGUEL GENEBAT

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Foto: Juan Carlos Gallardo

Al escribir estas líneas asumo que no soy objetivo, ya que lo que cuento ni es, ni pretende ser, una crónica o una relación de datos históricos o anecdóticos. Lo que traslado, a quien tenga a bien leer este artículo, son sentimientos, experiencias vividas que aún perduran en mi fuero interno. Un reto, sin duda, porque plasmar en papel lo que se siente es más que difícil, por no decir imposible. Me conformo con transmitir con autenticidad algo de lo que vivo en la cofradía a la que pertenezco.

La mañana del Martes Santo resulta única, de luz limpia y olor a calle recién regada. Mañana de trajín en la parroquia, de saludos, de atenciones y presentaciones, antesala de lo mayor, de lo importante que se va atisbando cuando el mediodía alcanza la rampa de Mateos Gago y el sol hace brillar la cera de otros años entre el amarillo del serrín que la seca. Víspera en definitiva, preciosa, pero víspera.

Para mí, el Martes Santo no empieza hasta que te revistes con la túnica y te ciñes el cinturón de esparto, cuando, una vez en la calle, fijas el capirote y enmarcas los ojos en los huecos del antifaz, cuando miras a derecha e izquierda y el grupo de nazarenos –ese que forman los que lo son todo para ti-, avanza hacia el barrio de Santa Cruz. Andar ligero, apresurado, que es distinto de rápido. En silencio, porque la disposición es de escucha, y con la mirada puesta en el horizonte, que es más que mirar de frente, ya que ese día más que nunca, vamos en busca de Aquel en el que creemos. Desde casa a la parroquia no hay calles, hay camino, una etapa de esa peregrinación que en Santa Cruz hace parada.

Llegar al templo es un primer hito. Esperar que revisen tu túnica, descubrirse ante nuestros Sagrados Titulares para mostrarles nuestro corazón, que es el que tiene que estar presentable, no nuestro rostro que aparece fatigado y despeinado, como el del resto de los hermanos que, enfundados en ruan negro, deambulan por la parroquia buscando sitio para celebrar la Eucaristía o recibir el perdón de los pecados. No huele a la cera recién encendida de los pasos, sino al quemado de los pabilos. Se habla a media voz, se saluda con susurros. Reencuentro con muchos, ausencias y caras nuevas. Cinturones de esparto atados con cuerdas que justifican muchas canas, mientras otros ciñen túnicas con mucho brillo y poca cintura, jóvenes que se apoyan en los altares, que hablan y no dejan de mirar, de estar atentos a todo lo nuevo que se les presenta. ¡Qué momento! ¡Qué de vida y qué de vidas de las que solo Cristo y su Bendita Madre saben! Nos sentamos y esperamos a que comience el momento álgido, la Eucaristía, presidida por nuestro director espiritual, D. Pedro Ybarra, con su medalla de hermano al pecho, auxiliado por sacristanes de negro. Lecturas declamadas por hermanos cuya única nota de color es el blanco del cuello de la camisa. Silencio tremendo, profundo. Palabras que resuenan en unos oídos que solo ven al Cristo y a la Virgen en sus pasos, a los que, avanzada la tarde, ya solo ilumina una luz tenue de codales y cirios.

No cabe procesión más hermosa, ni más impresionante que la que se forma para la comunión. No hay más verdad que en esos tramos que van recibiendo a Cristo, ni mejor forma de llevarlo a la calle que desde cada uno de esos negros nazarenos, desde cada acólito o costalero que, habiéndolo recibido, vuelve a su sitio y cierra los ojos para verlo aún más nítido. Esa fuerza, esa verdad es la que sale a la calle junto al Cristo de las Misericordias y Nuestra Señora en sus advocaciones de la Antigua y de los Dolores. Cuando el diputado mayor llama a los nazarenos a su puesto y comienzan a formarse los tramos, cuando se abren paso las insignias entre las filas de nazarenos a los que ya se les repartió el cirio, cuando la Guardia Civil hace presencia con los guantes en la mano y el tricornio bajo el brazo, cuando los costaleros se arremolinan alrededor de los pasos y se santiguan mirando a la Virgen, cuando ocurre todo eso, el trabajo, en Santa Cruz, ya está hecho.

Foto: Juan Carlos Gallardo

Todo aquel que participa en la estación de penitencia tiene ya asumido que no somos serios por ir de negro o tener determinadas normas de conducta. Nuestra seriedad está fundada en tomarnos en serio lo que acabamos de celebrar, en ser conscientes de que cada uno de nosotros somos reflejo del mismo Cristo que llevamos a Sevilla. Con esas vivencias se abren las puertas de la parroquia y comienza el discurrir de una cofradía elegante, discreta, medida, seria pero no triste, que son cosas bien distintas. Una de esas cofradías que merece la pena ver pasar desde la Cruz de Guía hasta el último músico. Valiente en sus diseños, hasta el punto de constituir seña de identidad elementos secundarios como los candelabros de forja que iluminan el stábat mater que forman el Santísimo Cristo de las Misericordias y Santa María de la Antigua. Con enseres de excepcional calidad como el Simpecado; originales, como el Libro de Reglas; o únicos, como el Lábaro Sacramental.

Especialmente querida por las hermandades del día, fundadora de la jornada y generosa hasta el extremo para el bien de todas, Santa Cruz sigue rezumando una gran autenticidad, presentando unas formas que hacen creer que suma una mayor antigüedad de la que realmente tiene. Su forma de llevar a cabo la estación de penitencia, el recogimiento que genera a su alrededor, la música y las calles por las que transita, predisponen al devoto o al simple espectador a trascender una mera puesta en escena, a llegar a algo más profundo, a sentirse interpelado cuando esa sublime talla del Santísimo Cristo de las Misericordias pasa por su lado. Ver Santa Cruz por la plaza de la Alianza cuando pasa la Virgen de los Dolores a los sones de Cristo en la Alcazaba y contemplar cómo el palio se pierde por Rodrigo Caro mientras Tejera interpreta Soleá, dame la mano encoge los corazones y reconcilia con esta forma de llevar el mensaje de Dios a Sevilla.

Me gusta el regreso de Santa Cruz, volver a casa, pisar Mateos Gago a la luz de los cirios, escuchar la cera caer sobre los adoquines y, sobre todo, mirar las miradas de los que allí esperan. Miradas elevadas, como las de nuestros titulares, clavadas en Ellos, mientras las de Ellos miran al Padre. Nadie mira al nazareno, que pasa como una sombra confundida con la oscuridad de la noche, pero ellos sí miran a todo el que espera, porque en sus miradas adivinan la emoción y la devoción que Ellos derraman. Solo el nazareno de Santa Cruz disfruta de ese gran privilegio, solo a él, en los ojos de los devotos, se le presentan los que sobre los pasos se alzan. Por eso yerran los que piensan que por no volverse, por no mirar atrás como disponen las reglas, los nazarenos de Santa Cruz no ven a Cristo ni a su Madre en su estación de penitencia. Por eso, cuando los nazarenos entran, cuando tras rezar por los difuntos, se descubren y van a su presencia, notan que nada hay distinto, que todo es como era, porque Ellos han ido caminando a su lado, desde el mismo instante en que la puerta se abriera.

Ahí queda algo de Santa Cruz, pero no dejan de ser letras. A vuestra disposición quedo para vivirla, cualquier día, con quien así lo quiera.

Foto: Mariano López Montes

 

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