El Humanismo de la Amargura.

JUAN MERA GRACIA

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Imagen de la Amargura
Foto: Archivo Ángel Prados

Son las ocho de la tarde y la larga espera se acaba. El Sábado de Pasión marca la hora fijada. En los barrios laten vivas las vísperas, una rampa en el Salvador se llena jubilosa de las almas párvulas, preludio de lo escrito; y por San Juan de la Palma son las ocho de la tarde. La ojiva de la calle Feria es la cenital ventana de nuestros credos, consciente y cauta viste la entrada de un aire palaciego mientras la vieja espadaña, en pugna con el ocaso, confiesa con las campanas que ahora es la justa hora, acá por San Juan de la Palma.

Dentro del templo la misa ha comenzado, sagrada unión de hermanos; siseo de oraciones encontradas, un padre nuestro, un desgarro, una saeta lejana denuncia que no se miran la Madre y el Hijo, nada. Son las ocho de la tarde allí en San Juan de la Palma.

Y todo va transcurriendo tranquilo, como si nada. Quisiera quebrar la víspera de una hora tan exacta. El baldaquino de Juan Manuel, oro y cielo grana, se despeña sobre un manto -¡qué llanto con tan buen alma!- doce varales la escoltan, brillo no ha más para su plata; su trasera me enamora y no hay otra que igualarla pueda sin más en Sevilla. Mas llegó la hora; mirarla de frente es otra cosa, ya no encuentro las palabras que me robó el instante. ¿Verla, quizás, contemplarla? No sé, porque la verdad que en Ella vela traspasa los límites de mi creencia. Leve, ladea su cara y arrostra su expresión lívida. San Juan a su lado le habla desencajado, contrito, sin saber decir palabra después de haber dicho todo; la nueva hiela y amarga, nunca fue el necio destino espada tan afilada. El llanto espera salir de una madre ya sin alma porque el alma yace rota sin hijo, despedazada.

Son las ocho de la tarde acá en San Juan de la Palma, y el discípulo le indica el alba de la vida sacra. Ella abriga el llanto como bien puede, vasalla de una condena nacida en un pesebre, anunciada por el viejo Simeón y lavada en el pretorio con treinta noes de plata, pero siempre irracional, aranera y despiadada.

Ella recoge sus manos en el dolor de una nana de Amargura incontenida y quejío de melaza; el apóstol a su lado no le miente, solo alarga su brazo como un estoque agudizo por la plaza. ¡Quien pudiera ser San Juan y conseguir abrazarla como se abraza a una madre que desmaya su esperanza!

Son las ocho de la tarde, lo delatan las campanas; un toque por cada letra. ¿Oyes? Porque así se llama a la Amargura que habita aquí, en San Juan de la Palma, ocho notas altaneras presas en un pentagrama, ocho suspiros de un llanto que endulza sus frías lágrimas, ocho letras que a las ocho, bajo el mismo palio grana -será Domingo de Ramos- hará llorar a Sevilla porque es Sevilla y mariana, al compás de una Amargura, siempre en San Juan de la Palma.

Será porque es de esta tierra, tan cainita como amada; será porque a su hijo, el único, no puede verle la cara, será un silencio blanco de vil desprecio, que calla cuanto decirle pudiera; será por los tantos años de su tez morena clara; será por los claveles blancos, tiranos junto a su plata; será por la muchedumbre de velas arracimadas que despabilan sus cuellos albinos como la nácar; será por un rosario con nombre tan puro como las blancas tocas de Madre Angelita; o un pañuelo y una dama tan gentil como señora, a quien él adora y ama, y por quien sigue viviendo por un puñado de lágrimas. Será porque el sol reposa sobre las sienes más cándidas que horizonte alguno encuentre; será… porque ya es Domingo de Ramos, ¡ahí es nada! y la Amargura reinando en un llanto de oro y plata.

¡Quién pudiera ser discípulo y decirle, y mimarla, y negarle esta verdad que por mentira no fragua! Hiere la sinceridad que en certeza la descarna. No puede disimular la realidad tan amarga, la misma que diera el título a su persona y fama, la misma que en su semblante labró su dolor y marca la muda tristeza eterna allá en San Juan de la Palma.

¡Quién pudiera ser el apóstol para poder aliviarla de esta farsa de mentiras que es cruz que en su pecho calla! ¡Quién pudiera saber el por qué de la respuesta recóndita, del reverso de su enigma que, sin dudas, nos imanta! Mas no, no diatriba oculta que confunda esta creencia, ni paradigma secreto de incierta y celosa causa.

Es la tragedia en sus ojos y la ausencia en su mirada; el acorde en su espanto en la oscuridad de su alma que anochece cada tarde con un silencio que taladra; es el trazo del dolor en una pasión humana sobre el lienzo de Sevilla; es una pena gallarda que rebosa de las manos sutil, inerte, diáfana; es el rostro de la mujer en el mutismo del habla, con un pregón por decir de tanto callar lo que calla; es la voz de sus fonemas que laten y no se cansan, ocho yunques de martillo en la queja de la fragua; es la angustia en su color más perfecto sobre el ascua febril del abatimiento, una débil pincelada que llena todo un Domingo de Ramos, pura y diáfana; es la vuelta del pasado al presente de gra- cia, que descansa en su memoria; una Hermandad del ayer que el tiempo hoy la reclama como legado inmutable para un seguro mañana; es el sello de una Madre en su aflicción, destinada a ver perder al Hijo sin poder verle la cara.

Será siempre la Amargura en la ojiva de su casa, sobre el alféizar de su hogar, asomada a la ventana en el diálogo quedo con San Juan, acompañada día, tarde y noche, siempre, como quien reza nanas en labios del más querido que las convierte en plegarias.

Es por siempre la Amargura, en su calle y en su plaza, en la Feria y en Sevilla, y donde su imagen vaya, que no hay nombre de mujer en nuestra Semana Santa que no robe más al sol la fe que su luz emana.

Será Domingo de Ramos siempre en San Juan de la Palma; serán los ocho tañidos de sus bruñidas campanas, y será la tarde noche de los versos que cantaran, será el palio y sus cirios, sus bordados y su plata, el discípulo y la Madre, el silencio con su marcha, será la inflexión del día, la razón de su fama. Será siempre la Amargura acá en San Juan de la Palma.

Es y será la Amargura siempre en San Juan de la Palma, cuando al filo de las ocho recen fieles sus campanas y confiesen el pecado de amarla como la aman.

Foto: Mariano López Montes

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