Soluciones valientes. Altura de miras.

VICENTE FLORES ALÉS

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Foto: Juan Carlos Gallardo

Después de un año en el que las diatribas de la configuración de las cofradías en sus respectivos días ha dado para gastar más tinta de la imaginable. Después de los dimes y diretes de la seguridad, cuestión no suficiente valorada por algunos que aún ven las cofradías y al público que sale a su encuentro como si estuvieran en los años 60 de siglo pasado. Después de conciliábulos, y seguro que más de una noche hasta las tantas, definiendo el gran cambio de 2018 para el Martes Santo, del que seguro que por ahí se postula más de un padre. Después de… Hemos llegado a lo verdaderamente importante, que es ver si al niño le queda bien la túnica este año o hay que ponerse a una de las tareas más ingratas de este mundo, que es buscar una túnica prestada que le quede bien, porque no se le hace una nueva, que en dos años otra vez se le vaya a quedar chica.

Bromas aparte, llega un punto en el que sí tratamos de coger distancia a los problemas de nuestra Semana Santa, me refiero a los de organización, pues los de su propia esencia darían para muchas páginas. Es difícil entender la dificultad de hacer cualquier tipo de cesión por parte de algunos de los implicados en historia, a la vez que cuando llega alguien y pega un puñetazo en la mesa del inmovilismo observamos cómo las cosas no son tan difíciles de resolver o, al menos, de intentar resolverlas.

Se alegan derechos históricos para más cosas de la cuenta, los mismos que en ocasiones se han soslayado para solucionar problemas similares. Se alude a tradiciones inamovibles, con el resultado de que es preferible que un día reviente por las costuras antes que renunciar a una tradición cuya validez es más que cuestionable. Valga como ejemplo que si cada cofradía tuviera por “tradición” que pasar por los templos en que ha estado a lo largo de su historia, alguna tenía que salir el Domingo de Ramos para recogerse el Viernes Santo. En esto llega una junta de gobierno y dice algo tan sorprendente como “… ¿y si ayudamos a aliviar el problema cogiendo por la calle de al lado?”. ¡Cualquier cosa han dicho! No faltará quien eche en cara que las reglas dicen lo que dicen y que si hay que meter los nazarenos en manifestación que se metan, pero los metros son los metros, y no vayamos a hacer algo y que los demás en lugar de darnos las gracias de corazón, nos tomen por ingenuos.

Sinceramente, estamos en un momento más que previsible en el que ante la falta de actitud con mayúsculas, de visión de la realidad en la que nuestras cofradías salen a la calle, de aceptación (porque no hay otra) del comportamiento del público en la calle, o las hermandades son objetivas y aceptan sacrificios razonables, que nunca serán similares entre todas porque jamás podrán ser comparables. Y eso no tiene remedio o llegaremos a un punto en que entre la policía, el Cecop, el Ayuntamiento o quien sea, los horarios e itinerarios vendrán impuestos. O nos ponemos de acuerdo nosotros o nos pondrán a las bravas. Históricamente, todo el mundo alaba el ejemplo que en su día dio el Gran Poder ofreciéndose a volver por el Postigo en beneficio de toda la Madrugada. Tal fue el ejemplo, que nadie, o casi nadie, ha estado dispuesto después a hacer algo similar. Y ya han pasado años, y aquí estamos donde estamos.

Tan complicado es ponerse de acuerdo en cuestiones menores, que la mayor sorpresa para muchos de lo ocurrido con la jornada del Martes Santo es que ha sido más fácil alcanzar una solución drástica, cambiando el sentido de la carrera oficial en lugar de probar cambios de orden que, por lo visto, no se aceptaban. Ciertamente, es difícil entender, aunque vaya por delante que estamos abocados a este tipo de soluciones frente a los problemas de colapso de las calles y las condiciones de acumulación de personas, verdaderamente peligrosas, en las que nos movemos en muchas ocasiones en las noches de Semana Santa.

Bienvenidas sean las soluciones valientes, porque visto y comprobado está que las “peleíllas” de minutos no conducen a nada, que hay que ser más honestos y entender que los crecimientos de las nóminas de las cofradías siguen hoy patrones distintos a los que teníamos hace veinte años, y no pasa nada por aceptar que hay cofradías que se estabilizan en su número de nazarenos y otras que aumentan sin medida. Los juegos de horarios requieren una actualización basada en la realidad y no en una fotografía hecha hace años, de manera que dejemos de ver la maldita “pérdida de minutos” como un oprobio a la hermandad pues no es más que simple consecuencia de la realidad de nuestros barrios y de nuestra propia naturaleza. Porque además, en los minutos no está la solución a nada.

Lo dicho, bienvenidas sean las soluciones valientes si se hacen con altura de miras y por el bien de nuestra Semana Santa.

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