¿Qué estamos haciendo mal?

MANUEL ROMERO LUQUE

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Foto: Juan Carlos Gallardo

Cuando uno es joven resulta fácil dejarse sorprender por cualquier cosa. La falta de experiencia hace que el desconocimiento de la realidad convierta en novedoso lo que no es sino repetición puntual de hechos pasados. Tus hijos vienen alborozados, o preocupadísimos, a contarte una noticia que tú has visto publicada ya en decenas de ocasiones. Esto es lo normal. De tal forma, que, con el paso del tiempo, el hombre tiende a disminuir, no su interés por las cosas que ama, pero sí su capacidad de asombro. Valora más el discurrir de los hechos cuando estos se producen con una cadencia constante que se resiste a los sobresaltos y disfruta de lo que llega porque obtiene entonces solo lo que esperó con paciencia.

Así debería ser también en el mundo de las hermandades y cofradías. A mayor edad, pocas sorpresas deberían aparecer en nuestro horizonte. Sin embargo, y a pesar de que uno va cumpliendo años, en estos últimos tiempos tengo la sensación de que hay un afán por epatar, por huir de la amable cotidianidad y hacer una especie de más difícil todavía que quiere confundir lo habitual y recurrente con lo aburrido. Se huye de los ciclos naturales y se ansía lo inesperado. Del mismo modo, la huella del personalismo quiere borrar el rastro de lo anónimo y constante que es, precisamente, la raíz de la que surge el tronco robusto de nuestras hermandades y la razón de su pervivencia a lo largo de los siglos.

Cada vez más, los proyectos se ciñen a la duración de una candidatura y con frecuencia se abusa de la palabra extraordinario hasta pervertir su correcta significación. Piensen, por poner un ejemplo, en cualquiera de esos pasos de palio que consideramos joyas de nuestra Semana Santa y hagan la prueba de averiguar cuántos años hicieron falta para lograrlos. Piensen también en las procesiones llamadas “extraordinarias” de las tres últimas décadas y, con la mano en el corazón, digan después cuántas de ellas lo fueron de veras. La urgencia por subrayar el nombre propio entre la nómina de hermanos y el terror a pasar por los libros de cabildos sin dejar alguna obra “duradera” ha hecho más daño del que conviene. Mientras, por su parte, la afluencia de salidas extemporáneas y escasamente justificadas ha mostrado más de una vez las carencias particulares; y, de rebote, ha motivado una reglamentación con la que, después, han acabado pagando justos por pecadores.

Lo ordinario debe ser el fundamento de cualquier organización y celebración que desee perpetuarse. Además, para ser así, se dotan de normas que deben ser respetadas y a las que cada uno se compromete libremente. En el caso de las hermandades, esto ha sido evidente desde hace siglos y sus libros de reglas dejan constancia de cuáles son sus pilares básicos e inamovibles: los cultos y la caridad; a lo que, en los últimos tiempos, ha debido añadirse —y más que justificadamente— la formación. Todo lo demás será importante, por supuesto, si colabora a la consecución de esos fines, pero nunca al margen de ellos. ¿Por qué, si todos podemos coincidir en esto, se obvia tantas veces?, ¿por qué los cultos internos se ven cada vez más despoblados o por qué la caridad ha de utilizarse como llave inexorable para justificar determinadas procesiones?, ¿por qué los planes de formación se presentan casi por puro compromiso y solo se ven obligados a asistir —turnándose normalmente— los miembros de la propia junta de gobierno? Me ciño aquí con claridad a cuestiones intrínsecas a las hermandades y dejo a un lado ahora, intencionadamente, cuestiones de carácter social y educativo para que nadie, desde dentro, pretenda escurrir el bulto.

Algo debemos estar haciendo mal entre todos. Aquí no se escapa nadie: reglamentaciones con gateras para sortear las normas, celebraciones en las que importa más el número de velas que la asistencia, procesos electorales cuajados de vituperios, con ribetes de crónica rosa o morada, problemas financieros personales o corporativos aireados solo cuando conviene, censos electorales alterados o negados según a qué candidato, dinero disfrazado de donativos para que suene otra música, promesas incumplidas sin el menor pudor, afirmaciones de lealtad y alabanza que, apenas llegados al cargo que se pretendía, se trocan en ceses… Dejémoslo aquí y añada cada cual lo que estime oportuno. Decía que algo debemos estar haciendo mal no porque estos casos sean nuevos, sino porque su frecuencia en la actualidad supera el carácter esporádico de otros tiempos. La respuesta fácil a lo que aquí se plantea pasa por decir que la única diferencia con el pasado es que ahora se sabe todo y que todo puede darse a conocer con facilidad a través de las redes sociales. O también se puede acudir a la postura tradicional de acusar exclusivamente al mensajero que saca a la luz los hechos. Pero, si no estamos ciegos —y a menos que queramos acallar nuestras conciencias—, la realidad es terca y los hechos contumaces. Estamos escandalizando a propios y extraños con ciertas actitudes. Los extraños aprovecharán nuestras debilidades y nos las arrojarán a la cara. De los propios, muchos no se reconocen ya en las actitudes presentes y sobreabundantes que rayan en el escándalo. Pero algo tendremos que hacer.

Hace poco nuestro Arzobispo nos avisaba del riesgo que corremos al trasponer ciertos comportamientos de la sociedad actual al mundo cofradiero. No le falta razón, máxime cuando nuestra misión debería ser absolutamente la contraria: llevar a la sociedad el modelo cristiano haciéndolo visible en nuestras actitudes, de modo que se nos reconozca allí donde estemos. Esa es una obligación que no podemos sacudirnos. Ya nos lo advierte el secretario cuando juramos las reglas como hermanos o cuando empezamos a ejercer algún cargo de gobierno. Si lo hacemos bien, Dios nos lo premiará; si no…

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