Érase una vez: La Semana Santa que conocí y la de hoy.

MANUEL RODRÍGUEZ GONZÁLEZ

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Foto: Archivo Familia Castejón

Quisiera reflejar en este artículo la memoria de la Semana Santa – y por supuesto de la vida de hermandad, de mi niñez, mi juventud y la que gracias a Dios estamos viviendo hoy rodeada de una aureola de popularidad, quizá algo exagerada, que mantiene al mundo cofrade durante todo el año en continua actividad a veces sobrepasada en dedicación.

Entre la Semana Santa de la década de los años 50, en la que me inicié, y la de hoy ha tenido lugar una serie de transformaciones que no siempre han sido para bien, aunque en otras muchas ha resultado positiva, y es de lo que lo trataré en estas líneas.

En la referida década de los 50 casi todos los sevillanos vivíamos lo que se puede considerar de “murallas” para adentro, lo que facilitaba el desplazamiento a nuestros domicilios en cualquier momento, por ejemplo, para cenar o descansar y después ver los itinerarios de vuelta. Hoy día es casi imposible.

No era una Semana Santa masificada como la de ahora, teníamos espacios y lugares donde presenciar lo que nos interesaba en los momentos adecuados. Se iniciaron por entonces los llamados “cangrejeros”, hoy tan generalizados, con la diferencia de que se disponía de espacio y respeto era posible acompañar y admirar extraordinariamente los pasos desde su cercanía.

Las primeras cofradías de cada día, con un horario algo más tardío que el actual, las podías ver salir o discurrir sin ninguna apretura, pues en general el público acostumbraba a salir algo más tarde. Por la noche era lo contrario, lo que se llevaba era ver entrar las cofradías de horario rozando y en plena madrugada, como por ejemplo la Estrella, el Museo, Dulce Nombre y la Lanzada, en la mayoría de los casos entre saetas, que hoy casi no se escuchan.

El abono de las sillas y palcos era muy escaso, sin la demanda de hoy, por lo que aprendimos a ver las cofradías por las calles de sus recorridos, a la vez que nos ejercitamos en pasar por muchas calles escasamente transitadas durante el año. Era otra forma de “conocer Sevilla”.

Los cortejos de nazarenos eran mucho más cortos. Estamos hablando de época de dificultades económicas, donde pagar una cuota de hermano y la papeleta de sitio era un sacrificio. Hoy en día la mayoría de las hermandades tienen unificados ambos conceptos, lo que lleva a la expedición masiva de papeletas, y en bastantes ocasiones, más las papeletas de los nazarenos, que después se presentan a llevar a cabo la estación de penitencia. En este punto, hay que tener también en cuenta la incorporación de la mujer a vestir la túnica de nazareno, lo que ha llevado a incrementar, sobre todo en los primeros años y en algunas cofradías, el número de nazarenos casi de forma exponencial.

Había unas siete cuadrillas fijas de costaleros, que metían el cuello todos los días, incluida la madrugada, lo que les obligaba a medir sus fuerzas para no arrastrar los zancos, empeño no siempre coronado con éxito. Los capataces eran personas conocidas en el mundo cofrade, aún no había aparecido el “capataz-estrella” que ante los micrófonos de la entrada en Campana se dedican a dar “pregones” sensibleros para enaltecer los ánimos de los costaleros. Con los hermanos-costaleros hemos mejorado en cuanto a vigor y seguridad. Por contrapunto, se abusa en lo referente al recorrido, con vueltas que duran tres o cuatro marchas; o entradas en la Campana diseñadas y ensayadas que se hacen ya monótonas y repetitivas.

Los hermanos costaleros han resuelto el problema social y económico de las hermandades descontando las dádivas innecesarias por exceso de mimo a los ofrecimientos de bocadillos, botellines, paellas de los ensayos e “igualás”. La mayoría de las cofradías cuenta con dos cuadrillas por paso y capataces, los que se quiera. Esta nueva forma que se ha implantado con los hermanos costaleros ha desembocado en una continua exhibición, con marchas continuadas, movimientos de costero a costero, subidas a pulso y otros alardes que en los años 50 y 60 eran solo excepciones y momentos determinados. Todo esto, a su vez, hace ralentizar la marcha de la cofradía y convertir itinerarios que duraban cuatro o cinco horas a siete e, incluso, ocho. Unido esto al número de nazarenos, hace que hoy día sea imposible ver transcurrir una cofradía a pie firme en cualquier lugar.

Foto: Archivo Familia Castejón

No existían los “retranqueos”, solución positiva para la comprobación del trabajo de los priostes. Por contra, se ahorraban algunos numeritos y modos “costaleriles” que hoy se hacen en estos actos.

Y si hablamos de las bandas, hemos ganado en calidad y cantidad y también en el número de componentes. Cualquier banda de paso de Cristo de aquellos años no pasaba de veinticinco componentes, lo habitual ahora es pasar del centenar sobre todo en el punto crítico de exhibición de la Campana. Según cuentan, tras la Campana desaparecen habitualmente un tercio de los músicos. El repertorio es muy amplio, y en los pasados años se limitaba a los clásicos de la Policía Armada y Guardia Civil. Las bandas de palio son prácticamente las mismas que tocaban en los referidos años de mitad del siglo pasado, echándose en falta la participación diaria de la Banda Municipal y la militar de Soria 9, pero manteniéndose las muy clásicas de Tejera, Cruz Roja y las de Salteras, que han ganado en calidad y en más selectas partituras. La calidad, sin duda, es por la incorporación de músicos con estudios.

En la presentación de las comitivas y pasos es obvio que la mejora es indudable, para lo que solo hay que ver algunas fotografías de años pasados. Dada la economía de la mayoría de los hermanos en aquellos remotos años, eran las hermandades las que proporcionaban las túnicas, en muchos casos no en muy buenas condiciones, lo que hacía que algunos nazarenos no fueran muy bien revestidos. Por lo general, los cortejos han mejorado en su presentación y composición. Las insignias se han renovado y mejorado, con algunas que otra rara avis, incrementándose su número casi proporcionalmente al aumento de nazarenos. En cuanto a la presentación de los pasos, la cuestión no tiene comparación, de aquellas candelerías fijadas con puntillas y alambres hemos pasado a una buena orfebrería, la mayoría de las veces de plata, excelentes diseños y bordados esplendorosos, con las excepciones de la ausencia del buen gusto y originalidad que merecen los tiempos.

El exorno floral ha caminado por tres etapas diferenciadas. Antaño, en general, eran presentaciones raquíticas; las economías cofrades padecían el mismo mal. Le siguió un periodo de transición donde la exuberancia era la moda del adorno. Tanta abundancia venía a ser casi el protagonismo de los pasos, pasando a segundo plano lo importante del conjunto, hasta que llegó el momento presente para inventar cursiladas acompañadas del exotismo floral y resaltar, entendamos que sin malicia, más que a los titulares.

El comportamiento de los nazarenos, en las hermandades llamadas “serias”, se ha mantenido en la mayoría de los casos junto al rigor que las caracterizó. En otras cofradías y dado el gran incremento de nazarenos y la cantidad de horas que se mantienen en la calle, el listón ha bajado, notándose cierta relajación dentro de las filas. Tampoco es raro ver a nazarenos en bares e incluso veladores de determinados sectores de su recorrido, cosa que también se daba en los años 50 y 60 pero en menor proporción. Por cierto, los nazarenos solo daban caramelos, ahora entre estampas, de muy mal gusto algunas, medallitas y otros horrorosos “suvenires”, además de tener que llevar una cartera para el transporte. Están haciendo ricas a las mayordomías.

En la mitad del pasado siglo y diríamos más que casi hasta ayer por la mañana, no había “revirás”, simplemente el paso daba la vuelta. Tampoco había petaladas, que se dejaban en contadas ocasiones para las hermandades de gloria o procesiones letíficas extraordinarias. Tampoco se aplaudían todas las “levantás”, ni los solos de las bandas; simplemente se contemplaban y admiraban.

Por supuesto que en esos tiempos no había televisión, ni radio en directo, por lo que nos ahorrábamos los espectáculos de la Campana y las extemporáneas, y a veces egocéntricas, llamadas de los capataces en el referido punto. Las emisoras de radios daban durante la Semana Santa algunos reportajes en diferido, sobre todo de las entradas y salidas.

La información de cofradías en periódicos y radios durante el año era tan escasa que casi no existía, quizás alguna información en El Correo de Andalucía, periódico del Arzobispado entonces, que daba una pincelada muy de tarde en tarde de la actualidad. Después en los años 60, creo recordar que fue

Fernando Gelán, inició una información periódica durante todo el año en el ABC, con fotografías de hermanos mayores y otros personajes del mundo cofrade, lo que llevó a muchos hermanos de los apartados a frecuentar a sus hermandades y a participar en el mundillo de las cofradías dada la trascendencia social que empezaban a tener.

Los tuits y las redes sociales, elementos positivos en su buen uso, no creo que estén aportando mucho a nuestras hermandades, sino más bien ampliando el campo del cotilleo y dando ciertas opiniones muy del agrado de cofrades sensibles. Por supuesto que los comunicados no existían, como por ejemplo los que hoy vemos anunciando la firma de un contrato para la banda de cabecera o con un bordador para la restauración del bordado de una saya de camarín. La creación de los boletines de las hermandades es obra de los años 60.

La vida interna de la mayoría de las hermandades de aquellos años 50 y 60 era mínima y en muchos casos se limitaba a los cultos y a la salida penitencial, siendo por entonces el mayordomo el alma y guía de las corporaciones. El hermano mayor aparecía cuando había que presidir algún acto. Por lo mismo, el número de cabildos de oficiales era escuálido, en muchos casos solo para preparar el cabildo general de cuentas y en vísperas de Cuaresma para los cultos y salida.

Los hermanos de aquella remota época se solían reunir en los cultos semanales de las hermandades que lo celebraban, no todas, y después al no existir casa hermandad tenían el ágape en cualquier barra de un bar cercano, en donde se hablaba de lo divino, en este caso la hermandad, y de todo lo humano, lo que no hay que aclarar.

La participación de las hermanas era entonces casi desconocida, como reflejo de la sociedad de aquel periodo, llegándose al caso que de que la presencia de algunas señoras en las llamadas comida de hermandad, tras la Función Principal, era origen de cierto malestar. En este punto creo sinceramente que hemos ganado bastante: la mujer está integrada totalmente en la vida de hermandad, asumiendo responsabilidades, con derechos y deberes.

La actividad social de las hermandades ha crecido desmesuradamente y, en mi opinión, se ha complicado muchísimo. Asistencias a actos protocolarios totalmente innecesarios, tanto civiles como en otras hermandades, muchas veces de relleno y otras como figurantes para ser vistos. Como ejemplos valgan el pregón, presentación de cartel de Semana Santa, pequeños pregones, charlas, carteles de peñas, tomas de posesión y actos de todo tipo, sencillamente abrumadores.

Las secretarías, pese al invento del ordenador, han multiplicado su trabajo extraordinariamente, cursándose oficios, pésames, felicitaciones, invitaciones, etc. de todo y para todos, además de la puesta al día de las páginas web, WhatsApp, correos y demás medios.

En Caridad sí hemos incrementado nuestra acción de una manera espectacular, a Dios gracias, con acciones conjuntas inimaginables hace cincuenta años. La formación, palabra desconocida en las hermandades en la mitad del pasado siglo, ha iniciado muchos caminos dentro de nuestras corporaciones, algunos de ellos rutinarios y de escaso éxito: asistencia en muchos casos a actos, charlas y ciclos formativos las mayoría de las veces más por compromiso de cumplir que por deseos de formación espiritual.

Ha sido mi intención reflejar que las hermandades y cofradías han evolucionado en paralelo a nuestra sociedad, ganando en muchas facetas y en otras no tanto. La naturalidad y, en bastantes casos, el sentido de la medida han cedido el paso a la ficción y lo exagerado que es lo que se manifiesta en la calle.

Termino con el deseo para todos los sevillanos de una feliz Semana Santa de 2018 llena de cofradías con estaciones de penitencia edificantes, puntuales en el horario, sin lluvia, sin apreturas y sin “carreritas”.

DIOS OS GUARDE, HERMANOS.

Foto: Manuel Agüera

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