Comodidad y reto de las hermandades hoy.

EDUARDO OSBORNE BORES

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Foto: Juan Carlos Gallardo

Si nos detenemos a analizar las vicisitudes vividas por nuestras hermandades y cofradías desde la constitución del Estado moderno hasta nuestros días, podemos llegar con cierta facilidad a una primera conclusión: nunca como en la época presente las hermandades han tenido un marco social, político y económico más proclive para la consecución de sus fines, aun moviéndose en el mundo propio de la diversidad y libertad que dimanan de un estado aconfesional.

Las hermandades sufrieron lo suyo con primeras resoluciones del Consejo de Castilla en los tiempos ilustrados de Carlos III, que no tenían otro fin que limitarles su autonomía al punto de prohibir la salida en horas nocturnas, algo que pudieron capear gracias al papel desempeñado por los cofrades que pasaron a ocupar cargos aprovechando las reformas liberales promovidas en esa misma época en la gobernanza municipal (recomendable resulta, al respecto, el ensayo de la historiadora Rocío Plaza Orellana publicado recientemente por la editorial sevillana El Paseo con el título Los orígenes modernos de la Semana Santa).

No menos perjudiciales resultaron los ataques a su patrimonio sufridos como consecuencia de la invasión napoleónica, que dejó a muchas de ellas prácticamente sin actividad, languideciendo lentamente mientras, a golpe de pronunciamientos militares, avanzaba nuestro proceloso siglo XIX hasta la llegada de La Gloriosa, que dejó a muchas en la misma calle. Fue, sin embargo, en el período de la restauración inmediatamente posterior, socialmente impulsado por el mecenazgo de personajes como Montpensier y el movimiento regionalista de los primeros años del siglo XX, cuando las Hermandades empiezan a configurarse como hoy las conocemos.

Ya encauzadas en la vía amplia e interclasista de la religiosidad popular, nunca perdieron el favor del pueblo, y los ataques que han podido sufrir (la quema de iglesias en el período republicano y previo a la Guerra Civil, sobre todo) están más vinculados a la sinrazón de algunos que a una toma de postura contra ellas de un sector ideológico determinado. Aun así, es en esta época contemporánea cuando han conseguido una plena estabilidad, pues no podemos olvidar las vicisitudes (enseres prestados por familias allegadas para la salida procesional, huelgas de costaleros, empeños en los montes de piedad…) que han tenido que soportar hasta tiempos tampoco tan lejanos. Se puede decir, por tanto, que nuestras hermandades han sobrevivido a gobiernos de uno y otro signo, invasiones, incluso a cambio de regímenes, incluido el tránsito de la dictadura a nuestra democracia, desafiando los augurios de los más pesimistas.

Cualquiera que tenga acceso al estado de cuentas de una hermandad hoy podrá, seguramente, comprobar lo saneado de su situación económica. Gracias al acceso pleno de la mujer a la Hermandad y al auge de las cofradías en barrios que hasta hace bien poco considerábamos lejanos, así como la buena y estable relación con el poder civil que incide en las cantidades importantes que ingresan anualmente por la explotación de las sillas y palcos de la Carrera Oficial, son contadas las que bajan de los quinientos nazarenos (cifra importante en los cortejos de los 80), todas a su modo van incrementando su rico patrimonio devocional y procesional, y no son pocas las que cuentan incluso con propiedades donde desarrollar sus fines apostólicos y asistenciales.

Pero esta aparente comodidad de las hermandades en lo económico y en lo social tiene también el riesgo de dejarse arrastrar por el brillo de cuestiones relevantes que no dejan de ser accesorias (los extraordinarios pasos que se ponen en la calle, los cortejos cada vez más largos y ordenados, las solventes cuadrillas de costaleros con dos y hasta tres relevos, las potentísimas bandas de música luciendo traje y pulmones…), de recrearse en la agradable fugacidad de la propaganda y la proyección social, dejando en un segundo plano la verdadera función de una hermandad – lo sustancial- en los tiempos que corren: ser verdaderos testigos de Jesucristo en una sociedad cada vez más secularizada.

Porque, llegados a este punto, habría que preguntarse: con este caudal patrimonial y humano atesorado a lo largo de los años, ¿cuál es el papel de las hermandades en el mundo de hoy? Pudiera responderse, y tampoco habría mucho que oponer, que simplemente cumplir literalmente lo que dicen sus reglas, que para eso están. Y, ciertamente, la inmensa mayoría lo hacen: sacan sus pasos a la calle con las mejores prestaciones y acompañadas de un número de hermanos como nunca se ha visto, presentan unas cuentas que ya quisieran los sufridos mayordomos de hace veinte o treinta años, e incluso, dirán con los datos en la mano, han incrementado su labor asistencial y formativa notablemente.

Pero, ¿es eso suficiente? Y cuando pregunto pienso en la posibilidad ya explorada aun de manera incipiente por algunos de articular de verdad una ambiciosa obra social común de todas las hermandades; y pienso en las muchas posibilidades de acercar las casas de hermandad a los barrios del extrarradio, tan necesitados, colaborando activamente con los muchos proyectos que otras instituciones de la Iglesia llevan años sosteniendo como pueden; y pienso también en la potenciación de la faceta apostólica, que según la norma canónica es una de las principales funciones de la hermandad junto con el culto público, la evangelización y la caridad, y que a menudo se da por cumplida sin más.

Si, repito, nada de esto se intentara, tampoco habría ninguna tragedia. La hermandad seguiría saliendo a la calle todos los años y, en verdad, nadie podría achacarle un incumplimiento de sus fines. Pero si se diese ese pasito más, que incluye a lo anterior encarar con seriedad los problemas que diariamente nos interrogan, se añadiría a la ya de por sí valiosa aportación al acervo cultural y tradicional de la religiosidad popular, el valor añadido que da la impronta misma de lo evangélico. Si lo primero es quedarse en la comodidad, lo segundo es sumarse al reto de contribuir desde lo más nuestro a la búsqueda incansable de un mundo mejor, que no otra cosa constituye la esencia de lo que cada año conmemoramos.

Foto: Juan Carlos Gallardo

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