“Aquellos dos foráneos que organizaron aquel oficio”

Mariano López Montes, Doctor en Medicina y Licenciado en Antropología Social.

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Piedad del Baratillo. Foto datada en 1926. Se observa la escasez de exorno oral y la ausencia de respiraderos por lo que se visualizan los costaleros al levantar los faldones. Dato curioso es la ropa ancha o costales que se usaban en estos años. Como dato curioso fíjense en el letrero de la guarnicionaría “El Caballo” existente ya en esta época.

 Dedicado a Alfredo Torres Curiel, aquel “burguesito” –como él se denomina- que se interesó y apasionó por el “mundo de abajo”. Mi más sincero reconocimiento por realizar los primeros análisis sociológicos sobre el tema en unos tiempos, difíciles, en que ese mundo no estaba de moda.

Introducción

Durante la segunda mitad del siglo XIX la ciudad de Sevilla conoció una sensible mejora económica y el papel de la burguesía se afianza. Este impulso alcanzó a las cofradías, algunas de las cuales se reorganizaron, fundándose otras nuevas. La prosperidad se trasladó a la renovación del patrimonio artístico de algunas y, sobre todo, el gobierno municipal empezó a interesarse por el fenómeno como reclamo de un cierto turismo. En consecuencia, las procesiones empezarán a convertirse en símbolo de la ciudad, incrementándose el relieve social, de cara al exterior, de la Semana Santa, dejando de ser el ritual con fines explícitamente religiosos, sociales y gremiales de épocas pasadas y convirtiéndose en un acto ritual con vocación de atractivo turístico, si bien sin eliminar otras funciones religiosas y sociales que se fueron incorporando.[1]

A principios del siglo XX, esta Semana Santa, ya más volcada hacia aspectos estéticos, necesitará de una reorganización en la conducción de los pasos. Al calor de la expansión económica en algunas cofradías, surgen andas cada vez más grandes y pesadas, que requieren de la labor de trabajadores de carga y descarga organizados en cuadrillas para garantizar un trabajo solidario y “por igual”, a cambio de un salario estipulado y bajo las órdenes de un capataz de mando. Quedan, pues, lejos aquellos tiempos de andas reducidas y de imágenes  portadas por sacerdotes, por hermanos o, cuando no se encontraban a estos dispuestos para este trabajo servil, seis ocho o doce hombres pagados, como referimos en el artículo que publicó esta misma revista el año pasado.[2] Sólo las maniguetas han subsistido de aquella forma de llevar las andas, como mero elemento formal.

La pompa del desfile había de sustentarse mediante una disciplina entre los costaleros –trabajadores ajenos al mundo social y cultual de las cofradías- que éstos debían aprender. Y es en este tránsito hacia un nuevo modo, más riguroso, de organización del trabajo de los costaleros, en el que debemos enmarcar la fundamental labor de dos pioneros, una vez más en la historia local, procedentes de allende las fronteras de la ciudad: Francisco Palacios Rodríguez y Rafael Franco Luque. Subrayar el protagonismo de estos dos capataces en la consolidación de un modo, más riguroso, de porteo de los pasos, no implica que no debamos reconocer que en épocas pasadas esta labor no respondiese a reglas y códigos. Existían, pero con otros contenidos, en los que la disciplina en las relaciones sociales y la gravedad en la dimensión estética no eran precisamente sus rasgos más sobresalientes. Así nos describe Alfredo Torres la estampa de uno de los más afamados capataces de época antes de la irrupción de Palacios y Franco:

“Sabemos que [el mítico Tarila] vestía de marrón, se adornaba el cuello con pañuelos de vivos colores, calzaba unas zapatillas toreras con moñas y a veces se arrodillaba  delante de los pasos y recitaba o cantaba una especie de Salmodia, siendo un espectáculo a veces más importante que el discurrir del paso, entre un público que lo seguía para ver esta espectacular y personal puesta en escena con imágenes de teatralidad y poca seriedad”[3]

Una nueva forma de entender el trabajo de los costaleros y el mando del capataz

Para Alfredo Torres[4], el período de formación y consolidación  del modelo que instauran Palacios y Franco tiene lugar entre 1848 y 1908, año del primer contrato de Rafael Franco Luque, cordobés de Palma del Río, con la Hermandad de la Sagrada Mortaja (Piedad de Santa Marina). Fue Francisco Palacios Rodríguez quien había iniciado la labor de profunda reorganización de los modos de llevar los pasos, pero, siendo hombre de salud frágil, murió en febrero de 1916. Sin embargo, su tarea había servido de modelo a Rafael Franco, que pudo continuar la trayectoria de quien había sido su “capataz-modelo”, durante buena parte de la primera mitad del siglo XX. Que habían conseguido su propósito queda testimoniado, de modo indirecto, en la siguiente cita de Manuel Sánchez del Arco, poco antes de mediar el siglo:

“Suprema ordenación del trabajo, mandar sin gritos, voces precisas, sin alterar el tono, sin descomponerse ni reñir. El trabajo de los costaleros es ciego; ellos no ven el camino que han de seguir, por ellos ve un hombre que sabe mandar, ellos obedecen, la obediencia es ciega, el trabajo debe ser ordenado y ejecutado con reciproca confianza y sin alardes”. […]  “Esta es la lección meritoria del capataz; la de los costaleros, obedecer a una voz, sin vacilaciones, disciplinando a ella toda la autonomía inteligente, toda la servidumbre de los músculos”.[5]

Así quedaba cristalizado un modo de entender las relaciones entre trabajaderas que gozó de una imponente fortaleza y continuidad, prácticamente hasta el Martes Santo de un abril de 1973, en que un grupo de estudiantes, principalmente de la Facultad de Derecho de la Universidad de Sevilla, decidieron formar la primera cuadrilla de costaleros no asalariada, para llevar al Cristo de la Buena Muerte. 

Francisco Palacios

Francisco Palacios Rodríguez era natural de Vigo (1868), sin antecedentes familiares en esta ciudad, muy joven emigró y tenía previsto como muchos jóvenes de su época trabajar con unos parientes en un comercio de La Habana (Cuba), para lo cual habría de embarcar en Cádiz. Sin embargo, su paso por Sevilla truncó su plan, estableciéndose en la ciudad gracias a su trabajo en una compañía consignataria de buques muy conocida en su época: Casa Longoria.

La presencia de Palacios en el puerto de Sevilla, un centro que albergaba una agitadísima vida social y económica, no es baladí, pues la estiba será una de las principales canteras de costaleros requeridos para el nuevo modelo: no sólo hacía falta vigor físico para las nuevas andas, sino disciplina y solidaridad para garantizar un trabajo “por igual”.  Palacios fue un hombre apasionado por el mundo de las cofradías, hermano del Valle –cofradía que nunca saco- y de carácter serio de fuerte personalidad. Su carácter será trasladado a la organización de las cuadrillas, a las que impone rígida disciplina. Capataz del muelle y hombre de confianza de la consignataria, no toleraba desórdenes, aplicando una ley no escrita pero de gran efectividad para lograr el compromiso colectivo: “todos por igual a la hora de cobrar”, o lo que es lo mismo, a igual trabajo igual salario. Aquí estuvo un aspecto trascendente, pues hasta este momento no era infrecuente que los capataces hicieran y deshicieran a su antojo con el dinero que recibían de los mayordomos, especialmente con el reparto de las propinas.

Desde el punto de vista estético, impone el traje negro con chaleco. El famoso trazo con que los viejos trianeros designaban al traje negro.

Rafael Franco Luque

Fotografía del misterio de la Sentencia de una colección de postales de principio del XX. El paso está en la calle Feria a la altura de Montesión, el capataz viste una especie de librea o de servidor y su aspecto es deslustrado, a su izquierda se puede apreciar un costalero. Como dato curioso y anecdótico, vemos a dos nazarenitos de la cofradía subidos al paso, parece ser que era frecuente entre ciertas cofradías de la época, sobre todo de raigambre popular.

Franco Luque, natural de Palma del Río (Córdoba), llega joven a Sevilla a consecuencia de una ejecución de embargo contra el taller de carpintería de su padre, quien falleció al poco tiempo. Su madre, viuda, se traslada a Sevilla y se casa en segundas nupcias con Juan Antonio Torres Macías (Juanito Fatigas), capataz muy apocado de la época. Así entró en contacto Rafael Franco con el mundo de los costaleros. Su primer contrato fue con  la Hermandad de La Mortaja (Piedad de Santa Marina) en 1908, si bien su vinculación fuerte con las Hermandades fue con la Amargura, en la que trabajó cobrando las cuotas de hermanos.

Foto de Rafael Franco Luque entre dos guardias civiles de gala delante del paso de La Esperanza Macarena. Foto de los años veinte en que se observa el uso de traje negro y corbata. Este capataz sacó este cofradía durante dieciséis años seguidos; un año la sacó “El Gaseosero”, y después Franco Luque la volvió a sacar durante seis años más. Después la sacó Rafael Ariza Aguirre.

Las formas y directrices de Palacios serán continuadas por Rafael Franco Luque a la muerte de aquél, a pesar de que nunca trabajaron juntos. Y aún, consiguió excelentes progresos en uno de los aspectos técnicos del modo de porteo de pasos con costaleros, la igualá, que permite acompasar la fuerza colectiva en un impulso coordinado al distribuir el peso entre los costaleros en función de su altura.

Escuela Sevillana versvs Escuela de Triana

CIGARRERAS AÑOS 20
Fotografía realizada en el año de 1920 se aprecia al Cristo que tallara Joaquín Bilbao,
saliendo de la antigua Fábrica de Tabacos, hoy Universidad. El capataz muestra un detalle característico de su condición de trabajador expuesto de sol a sol, pues mientras su rostro aparece curtido, su cabeza aparece totalmente blanca por el uso de la gorra que este tipo de trabajadores solía utilizar. Es muy interesante el estudio de las vestimentas representativas de los distintos estatus sociales, en los niños que rodean el paso.

Para Torres Curiel,[6] estos dos capataces son los iniciadores de lo que él mismo denomina la Escuela Sevillana de capataces de cofradías, en contraposición  con la Escuela Trianera de capataces de cofradías, cuyos iniciadores serían Eugenio Cebreros el Gaseosero y Eduardo Bejarano Vélez. Para defender la existencia de ambos estilos, Torres Curiel utiliza un conjunto de criterios a modo de parámetros comparativos. Se trata de criterios que inciden tanto en aspectos organizativos de las cuadrillas (economía, relaciones entre costaleros y capataz, medios de mando, técnicas en la igualá), como en aspectos estéticos en el modo de llevar los pasos

CIGARRERAS años 20
Hermandad de las Cigarreras. Foto de nales del XIX o principios del XX . El Cristo es el que actualmente se encuentra en Hinojos, tras las gestiones de Muñoz y Pavón en 1920. Se observa al capataz de piel tostada por el sol, lo que hace referencia a su condición obrera, y no presenta la corbata negra en señal de respeto, como instituyeron Rafael Palacios y Franco Luque.

Pasemos a reproducir ambos modelos:

a) CARACTERISTICAS DE LA ESCUELA TRIANERA

1. Organización de la cuadrilla.  La cuadrilla gira única y exclusivamente en torno a la figura del capataz, quien tiene controlada de manera absoluta a toda la cuadrilla, y resto de mandos (contraguías, segundos capataces, listero y ayudantes). Su autoridad no se discute jamás y menos en público, imponiéndose de forma muy palmaria constantemente. Quien discrepa queda expulsado, cosa que puede ser peligrosa para el expulsado, pues el capataz suele ser su jefe de trabajo cotidiano.

2. La voz de mando. La voz reviste aquí una importancia total, sus modulaciones y giros son de suma importancia. La voz se expondrá con gran potencia, lo que supone un esfuerzo añadido, llegando a alcanzar su efecto sobre el público espectador. En calles estrechas  estos capataces hacen verdaderos espectáculos y alardes que luego son comentados por todos, costaleros y público en general. Los éxitos son sonados al igual que los fracasos. Es famosísima la frase de José Ramos Campos Quicote, ante un mayordomo disgustado por el golpe que sufrió uno de sus pasos: “Qué quiere que le diga, los pasos están  para darle porrazos”.

3. A la hora de igualar. Esta operación se hace rápidamente. No es que no se haga bien, pero el capataz no le da la importancia máxima que luego veremos.

4. Cierta tendencia al apoyo entre costaleros de confianza. El capataz cuenta con un muy reducido número de hombres de su máxima confianza que, en privado, le informan e incluso le pueden aconsejar, aunque naturalmente la última palabra la tenga él. Esta familiaridad tiende a ocultarse en público. Es normal que esta relación de confianza se gratifique económicamente.

5. Control económico. El capataz no da cuentas a nadie  de lo que recibe en contrato y en concepto de gratificaciones o propinas, por parte del mayordomo. Distribuye entre sus hombres cuando él quiere, aunque lo tradicional era el Domingo de Resurrección por la mañana. A partir de 1965, algunas mayordomías hacían correr la voz de lo que pagaba por hombre y el monto de las propinas o gratificaciones.

6. Efectismo. Los capataces de la Escuela Trianera tienen tendencia a asombrar al público espectador, exhibiendo la fuerza y habilidad de sus cuadrillas. Naturalmente esa tendencia está más o menos acusada según los casos. Por ejemplo Alfonso Borrero implanta la levantá a pulso, que prodiga en el paso del Cristo del Amor, al que sacó durante muchos años. Salvador Dorado, crea la levantá al tambor en el paso de palio de la Virgen de las Angustias (Hermandad de los Gitanos) y, ante el éxito obtenido entre el público, la prodigó a destajo. En 1963, siendo capataz de San Benito, que entonces solo tenía dos pasos, levantó al tambor, o “a la música”, como se decía, el paso de palio de la Virgen de la Encarnación, desde las inmediaciones de la Iglesia de San Pedro  hasta la salida de la catedral, provocando el delirio entre los concurrentes y comentarios incesantes con posterioridad. Lograba levantar un verdadero maremoto de aplausos y comentarios elogiosos con el barco de San Benito en la calle de Placentines, antes de la reforma de dicha calle, pues mandaba en silencio y solo hacía gestos a los pateros. Se llegó a tal extremo que el Consejo de Cofradías, prohibió la marcha “Pasan los campanilleros” durante algunos años, para evitar las que se consideran excesivas efusiones, vítores y cataratas de aplausos delante de los pasos. Al propio tiempo, la entrada de los pasos de la Hermandad de los gitanos en la Campana se hizo más que famosa y comentada en cenáculos cofradieros.

Otros movimientos que se han considerado menos ortodoxos en la forma de llevar los pasos, como la “mecía de costero a costero”, “andar hacia delante y hacia atrás con los pasos”, “hacer el caballito”, etc. tienen su origen en esta escuela trianera.

7. Capataces de cofradías de la Escuela Trianera.  Eugenio Cebreros “el gaseosero” y Eduardo Bejarano Velez; Alfonso Borrero Pavón y su hermano Geromo “el cachas”; José Ariza Mancera, su padre Rafael Ariza Aguirre, Salvador Dorado Vázquez. Manuel Bejarano Rubio, Antonio Cebreros Moriano, “Antonico”, Manuel López Díaz, “Moreno de la Plaza”, José Ramos Campos “Quicote”, Domingo Rojas Puertas, Francisco Medina Guzmán “Quiqui”, Manuel Adame Torres y, hasta 1978,  Eduardo Bejarano Uceda y Salvador Perales Marco.

CARRETERÍA
Foto del paso del Santísimo Cristo de La Salud de La Hermandad de la Carretería de nales del XIX, los capataces ofrecen la misma indumentaria que hemos encontrado en otros capataces de la época, se observa la ausencia de la corbata negra de respeto como impusieran años más tarde Palacios y Franco Luque.

También hay que destacar a Rafael Ariza Sánchez y a su hermano José Ariza Sánchez, de gran similitud en su forma de mandar con su padre José Ariza Mancera.

B) CARACTERISTICAS DE LA ESCUELA SEVILLANA

1. En cuanto a la organización. En este apartado hay que decir que para un capataz de cofradías de esta escuela, la organización interna de su cuadrilla de costaleros es, junto a la operación de igualar, el elemento fundamental de su tarea. En el ejercicio de su autoridad hay una clara delegación de funciones entre sus colaboradores más directos, especialmente sobre los segundos capataces. El control absoluto, personal y constante que en el capataz de la escuela trianera es permanente, aquí está mitigado por un aparato organizativo. La figura del listero es mucho más importante que en el modelo anterior, pero existe un determinado nivel de autonomía que permite que la presencia física del capataz principal no tenga que ser permanente y constante. Por otra parte, es frecuente que éste tenga en el mismo día dos o tres contratos que atender en otras hermandades. Rafael Franco Rojas y su hermano Manuel, llegan a tener durante muchos años los contratos de La Cena, La Hiniesta y San Roque en Domingo de Ramos, Vera Cruz y El Museo el Lunes Santo, La Candelaría y Los Estudiantes el Martes Santo, Panaderos San Pedro y Siete Palabras el Miércoles, Exaltación, Montesión y Pasión el Jueves Santo, Macarena y Calvario o Silencio y Calvario en la Madrugada, y Cachorro y San Isidoro el Viernes Santo. Ante este panorama, era obligatorio tener un entramado de colaboradores que gocen de la confianza del capataz, que siempre aparece cuando en algún momento surge un problema de importancia.

2. Igualar.  Este concepto técnico es la pieza fundamental que distingue a esta escuela, pues los capataces entienden que aquí se juegan el éxito de la cuadrilla ante los múltiples contratos y compromisos con las distintas cofradías. Se tomará para ello todo el tiempo que el capataz estime oportuno, siendo común que estos capataces citen a sus hombres dos o tres horas antes de la salida de la cofradía.

3. Voces de mando. La voz aquí está en un segundo plano, no cobrando el protagonismo que hemos señalado antes.

MONTESIÓN
Virgen del Rosario de Montesión. Foto datada en 1895 encontrada por un coleccionista en Madrid. Se aprecia al capataz que viste chaquetilla de faena, y se aprecia la túnica antigua de nazarenos, en tela y no de terciopelo como la actual en la cofradía de la calle Feria.

4. Ausencia de relaciones de confianza. El capataz mantiene una posición rígida en cuanto a un trato igualitarista en el compromiso colectivo y en el cobro. Relaciones predilectas con algunos hombres podría suponer desestabilizar la cohesión del grupo.

5. Control económico.. El costalero en este modelo sabe a ciencia cierta, y a veces con antelación, cuánto va a cobrar por cofradía; así, Vicente Pérez Caro exponía en una pizarra en el bar “El Colmo” de la Puerta Osario la cantidad recibida por cofradía. Por otra parte, Antonio Rechi se hacía acompañar por dos o tres costaleros cuando iba a cobrar de los mayordomos, tanto el jornal percibido como el reparto de las propinas recogidas. Se paga a los costaleros con un sobre identificado con el nombre del costalero y un desglose por cofradías de las propinas y jornales de la semana. Por la efectividad, claridad y simpleza, hay que aclarar que en los últimos años varios capataces trianeros utilizaron este sistema.

6. Ausencia de efectismo Se rechaza el efectismo. El concepto de sacar los pasos implica en la mayoría de los capataces sobriedad, manifestada a través de órdenes justas y precisas. Rafael Franco Luque manifestaba que los pasos no salían a la calle para formar el espectáculo e ironizó a propósito de las “levantás a pulso”, a las que denominaba “levantás en ascensor”.

CARRETERÍA
Fotografía de la Virgen del Mayor Dolor en su Soledad de la Cofradía de La Carretería, datada a nales del Siglo XIX.
Obsérvese la estética recuperada de este paso de palio.

7. Capataces de cofradías de la Escuela Sevillana  Francisco Palacios Rodríguez, Rafael Franco Luque, Rafael y Manuel Franco Rojas, Ángel González Delgado (Angelillo), Manuel González Hernández (Manolo Angelillo), José Cruz Martín, Vicente Pérez Caro, Antonio Villanueva Pérez, Antonio Rechi Márquez, Jose Luis Rechi Márquez, (Pepe Rechi), Manuel y Juan Luis Rechi Márquez (Luis Rechi), Francisco Quesada Ramírez, Salvador Dorado Vázquez, Francisco Quesada.

Valgan estas palabras como reconocimiento a esos dos foráneos que tuvieron la capacidad de reorganizar las cuadrillas, creando un estilo de mando y de trabajo que aún hoy, sin ser el único en la rica variedad de formas expresivas de la Semana Santa, es seguido como modelo por los capataces que se consideran de esta “vieja escuela”.

LAS AGUAS
Fotografía de nales del Siglo XIX , cuando la cofradía del Cristo de la Aguas estaba en San Jacinto. Se observa la misma tipología de atuendo en la gura del capataz; asimismo como su condición socio profesional, con atuendo y rostro perteneciente a la clase trabajadora de la época.

Invitamos a los lectores a que descubran qué elementos quedan subsistiendo de uno y otro modo de entender el mando de los pasos en la Semana Santa actual.

Recibo en que se especi ca la comisión por la cobranza de recibos, que Rafael Franco Luque, hacia para su Hermandad de la Amargura, además de ser el capataz de la cofradía durante años. Año 1936 (Archivo de la hermandad de La Amargura).
Recibo de 476 pesetas que Rafael franco Luque percibe por la conducción de los pasos de La Amargura como capataz de la cofradía en el año 1918 (Archivo de la Hermandad de La Amargura).

[1]  Moreno Navarro. I, “Las Cofradías Sevillanas en la época contemporáneas; una aproximación Antropológica”. Las Cofradías de Sevilla, Historia, Antropología y Arte  Servicio de Publicaciones de la Universidad de Sevilla, pág. 45, 46 Sevilla 1985.

[2] López Montes, M. Florido del Corral, D. “Aproximación histórica al origen de costaleros y andas procesionales entre los siglos XV-XVII.  Sevilla Cofradiera, paginas  55-58. Sevilla 2014.

[3] Torres Curiel, A. “Entre martillos y trabajadera”. ABC de Sevilla  15,18,22,25,29 de Septiembre, 9,16,20 de Octubre 1973.

[4] Torres Curiel, A. “Entre Martillos y Trabajaderas”, ABC de Sevilla 15, 18,22,25,29 de Septiembre, 9,16,20 de Octubre, 1973.

[5] Sánchez del Arco, Manuel.” Cruz de Guía, “Exégesis profana de la Semana Santa. 1943”. Ed. Nacional Madrid , pág. 383

[6] Torres Curiel E. Historias de vida. Sevilla. 7 de Noviembre 2003

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